14 feb 2026

El costal de cabezas


Sobre una mesa rústica de madera yace una cabeza recién cortada, la sangre escurre por  las hendiduras de las tablas, los ojos fijos hacia el norte, hacia la montaña Montecristo, donde nació, creció y ahí donde hizo carrera como matarife profesional al servicio de la seguridad del Estado.

 
Estaba trabajando de vigilante en una construcción a la salida de Metapán. Ahí llegaron dos hombres, parecían hermanos o tal vez primos. No le dieron tiempo de sacar su 48. Primero dispararon al perro, en segundos le cayeron las balas. Todavía con vida le cortaron la cabeza con un machete deslumbrante de filo, como el que él mismo usó con sus víctimas para llevar el comprobante de su trabajo al jefe del destacamento.
 
Era 1994, el año en el que los protagonistas de la guerra se enfrentaban en otro cuadrilátero. Magdaleno, un esforzado miembro paramilitar que destacó por su macabra labor eliminando presuntos miembros o simpatizantes de la guerrilla, había tenido que desempeñar distintos trabajos al finalizar la guerra, pero con lo que más se sentía cómodo era con aquellos que tuvieran que ver con el uso de armas. Hacía unos meses había sido contratado como vigilante cumpliendo su buscado deseo desde que tuvo que dejar atrás su antiguo oficio de sicario.
 
El Salvador será la tumba donde los rojos terminarán. El himno del partido de gobierno. Más que una consigna, para él era un mandato tatuado en su cerebro y los rojos podían ser cualquiera, desde el que se negaba a ser reclutado, a los que murmuraban algo contra el gobierno o los que simplemente estaban en el lugar y el momento equivocado.
 
Magdaleno vivía en el caserío El Carrizalillo,  pero la base del grupo paramilitar estaba  en San José Ingenio, el más grande y donde está el casco colonial de lo que fue la hacienda de la familia Mancía. De ahí, los paramilitares controlaban toda la zona del macizo montañoso.
 
Fue a mediados de los años 80 cuando en uno de sus recorridos como guardabosques, mi tío Toño lo encontró en el camino de San José Ingenio al Rosario, lo saludó y vio que llevaba un costal por el que escurría  sangre y alcanzó a notar que el cargamento era de cráneos porque en el tejido de yute se esculpían algunas partes de rostros y las manchas de sangre en el costal.
 
Llevaba los trofeos para demostrar el resultado de su trabajo, pero esa vez tuvo una gran reprimenda. Habían cambiado al comandante del cuartel. El nuevo no veía necesario que presentara su cosecha macabra, peor aún, lo veía como una grave falta, porque podría darles problemas si llegan a enterarse los de los derechos humanos o la iglesia, esos que le dan armas a los terengos.
 
Los ofendidos nunca olvidan, la mayoría nunca perdona, pero hay algunos que no se quedarán sin cobrarse la ofensa, decía mi papá, que había dejado su propia cuenta por cobrar. A él le mataron un hermano en la montaña. Eso fue mucho tiempo antes de la guerra. Cada 31 de diciembre por la noche cuando el sonido de los cuetes iba en aumento y los tragos de licor habían calentado la cabeza, se ponía muy mal y empezaba a decir y a gritar que iba a ir a buscar al asesino, llorando y maldiciendo lo acostábamos para que no fuera a salir, aunque no podía ir a buscar al asesino porque ya no vivíamos en Metapán,  y, porque a lo mejor, el asesino también estaba muerto. Mi papá era un niño cuando mataron a su hermano, quien trabajaba como aserrador y fue contratado en el caserío El Panal para aserrar unos árboles. El cliente lo llevó a donde haría el trabajo y le ordenó cavar una fosa donde lo dejó enterrado. Dicen que porque se había enamorado de su hija. El cuerpo fue encontrado a las dos semanas.
 
Eso volvió a recordar cuando alguien, que había llegado de Metapán a visitarlo, le contó lo que le había sucedido al carnicero de Montecristo. Un ajuste de cuentas con el que ya no se contaba. El que a hierro mata a hierro muere, dijo mi papá.
 
Magdaleno había cortado tantas cabezas, que había perdido la cuenta y ahora por la suya ya sin el cuerpo pasaron sus enemigos, realmente sus víctimas, buscando el origen de su muerte por la costumbre de buscar venganza.  Pudieron ser los parientes del joven sorbetero que buscando clientes , desafortunadamente, decidió subir con su venta caminando desde el pueblo, subiendo las cuestas por más de una hora para recorrer alrededor de unos 20 kilómetros, después de pasar por Casas de Teja y El Cóbano, los pequeños caseríos ubicados en la ruta a San José. Lo descartó como quien descarta la lluvia viendo las nubes.  Pero tendría que ser de una de las cabezas que llevaba en el costal el día que mi tío lo encontró por uno de los callejones de la montaña. También descartó la familia del muchacho que mató porque después reclutarlo, se desertó y la del que mató  porque estaba enamorado de su hija.
 
Recorrió una a una las ejecuciones y desfilaron las cabezas que él había cortado. Tanto esfuerzo mental para encontrar a sus asesinos, ahora que ya no podría vengarse. No caía en la cuenta de que ya estaba muerto. Voces, coro de voces, murmullos. Todas las cabezas hablaban al mismo tiempo. No distinguía si eran plegarias o maldiciones. Una mosca se le paró en el labio inferior, quiso soplarla, pero no hubo el menor movimiento de sus labios. Te voy aplastar como una mosca fue la amenaza  de un ex compañero de armas a quién le había ganado todo el dinero en una chiviada y luego en la borrachera le acusó de haberle trampa con los dados. Sería él quién había contratado a esos asesinos…pero no, alguien como él haría el trabajo por su propia cuenta.
 
En lo alto, una banda de zopes comenzó a volar en círculos y en el carrusel de instantáneas de sus asesinatos figuraron varias familias potenciales como origen de la venganza que lo tenía ahí sin cabeza, o sin cuerpo, como se quiera ver, aunque más bien sin cuerpo porque ahora él es la cabeza que está colocada rumbo al escenario donde dejó incontables víctimas con sed de venganza. Tenía la certeza de que no podrían las familias de todos esos desgraciados. Cuando la luz se estaba apagando, como en el cine al final de la última escena,  aparecieron las miradas de cuatro ojos inocentes. Los vio después de haber dado unos pasos y alejarse  con el machete en la mano untado de sangre, al girarse para ver por última vez el cuerpo que dejaba agonizando en la milpa donde tapizcaba su cosecha.
 
En la pared de lámina, el viento mecía  la última página de un calendario de Ferretería Los Amigos, uno de los antiguos negocios de Metapán que prosperaron al amparo de la cementera. Unas moscas se posaron sobre la cabeza y las voces del costal se fueron apagando. Eran las seis de la tarde y el sol todavía no se terminaba de despedir, cuando en un leve susurro, la última voz del costal parecía decir ya puedo descansar en paz. En ese mismo momento, su esposa escuchó un portazo y se dio cuenta que la puerta se había abierto y vuelto a cerrar. Eso es una señal, pensó. Alguien se está despidiendo.