El costal de cabezas


Sobre una mesa rústica de madera yace una cabeza recién cortada, la sangre escurre por  las hendiduras de las tablas, los ojos fijos hacia el norte, hacia la montaña Montecristo, donde nació, creció y ahí donde hizo carrera como matarife profesional al servicio de la seguridad del Estado.

Estaba trabajando de vigilante en una construcción a la salida de Metapán. Ahí llegaron dos hombres, parecían hermanos o tal vez primos. No le dieron tiempo de sacar su 48. Primero dispararon al perro, en segundos le cayeron las balas. Todavía con vida le cortaron la cabeza con un machete deslumbrante de filo, como el que él mismo usó con sus víctimas para llevar el comprobante de su trabajo al jefe del destacamento.
 
Era 1994, el año en el que los protagonistas de la guerra se enfrentaban en otro cuadrilátero. Magdaleno, un esforzado miembro paramilitar que destacó por su macabra labor eliminando presuntos miembros o simpatizantes de la guerrilla, había tenido que desempeñar distintos trabajos al finalizar la guerra, pero con lo que más se sentía cómodo era con aquellos que tuvieran que ver con el uso de armas. Hacía unos meses había sido contratado como vigilante cumpliendo su buscado deseo desde que tuvo que dejar atrás su antiguo oficio de sicario.
 
El Salvador será la tumba donde los rojos terminarán. El himno del partido de gobierno. Más que una consigna, para él era un mandato tatuado en su cerebro y los rojos podían ser cualquiera, desde el que se negaba a ser reclutado, a los que murmuraban algo contra el gobierno o los que simplemente estaban en el lugar y el momento equivocado.
 
Magdaleno vivía en el caserío El Carrizalillo,  pero la base del grupo paramilitar estaba  en San José Ingenio, el más grande y donde está el casco colonial de lo que fue la hacienda de la familia Mancía. De ahí, los paramilitares controlaban toda la zona del macizo montañoso.
...vio que llevaba un costal por el que escurría sangre y alcanzó a notar que el cargamento era de cráneos porque en el tejido de yute se esculpían algunas partes de rostros y las manchas de sangre en el costal.
Fue a mediados de los años 80 cuando en uno de sus recorridos como guardabosques, mi tío Toño lo encontró en el camino de San José Ingenio al Rosario, lo saludó y vio que llevaba un costal por el que escurría  sangre y alcanzó a notar que el cargamento era de cráneos porque en el tejido de yute se esculpían algunas partes de rostros y las manchas de sangre en el costal.
Llevaba los trofeos para demostrar el resultado de su trabajo, pero esa vez tuvo una gran reprimenda. Habían cambiado al comandante del cuartel. El nuevo no veía necesario que presentara su cosecha macabra, peor aún, lo veía como una grave falta, porque podría darles problemas si llegan a enterarse los de los derechos humanos o la iglesia, esos que le dan armas a los terengos. Los ofendidos nunca olvidan, la mayoría nunca perdona, pero hay algunos que no se quedarán sin cobrarse la ofensa, decía mi papá, que había dejado su propia cuenta por cobrar. A él le mataron un hermano en la montaña. Eso fue mucho tiempo antes de la guerra. Cada 31 de diciembre por la noche cuando el sonido de los cuetes iba en aumento y los tragos de licor habían calentado la cabeza, se ponía muy mal y empezaba a decir y a gritar que iba a ir a buscar al asesino, llorando y maldiciendo lo acostábamos para que no fuera a salir, aunque no podía ir a buscar al asesino porque ya no vivíamos en Metapán,  y, porque a lo mejor, el asesino también estaba muerto. Mi papá era un niño cuando mataron a su hermano, quien trabajaba como aserrador y fue contratado en el caserío El Panal para aserrar unos árboles. El cliente lo llevó a donde haría el trabajo y le ordenó cavar una fosa donde lo dejó enterrado. Dicen que porque se había enamorado de su hija. El cuerpo fue encontrado a las dos semanas.