Una historia de horario estelar
Aunque estaba entrando tarde a la reunión y yo llevaba la presentación del
plan de comunicaciones, que se revisaría ahí, eso esta vez no me amedrentaba.
Saludé a todos en la mesa. Puse la laptop y el proyector, conecté el equipo,
lo encendí, pero la imagen no aparecía proyectada. A esas alturas los nervios
comenzaban a flaquear, normalmente estaría al punto del desequilibrio, pero
este día no había nada que no pudiera controlar y mantuve la seguridad en el
rostro, una leve sonrisa y concentrado al mil por cien en la búsqueda de la
falla técnica.
- Los equipos se proponen cuando uno está apurado, como si se
propusieran hacernos quedar mal, dije. Vi hacia los que participaban de la
reunión y vi tranquilidad, pero también una sonrisa de una linda chica que me
veía fijamente. Sobre todo lo segundo repuso mi tranquilidad.
Reinicié el equipo y len-ta-men-te volvía a encenderse.
- Bueno mientras está lista la presentación, quiero agradecerles su presencia
y compartirles que tal como dice en la convocatoria, el objetivo de hoy es
validar el plan de comunicación que será común para las empresas miembros de
la gremial.
Yo estaba contratado para asesorar a una asociación de empresas y ese día se
había convocado a los altos ejecutivos para presentarles el plan de
comunicaciones y manejo de crisis, solicitado por la presidencia. Este año
había asumido una nueva junta directiva y y el gerente les había propuesto
trabajar en plan para mejorar la imagen de la industria y lograr una mayor
proyección del sector.
La computadora y el proyector al fin se pusieron de acuerdo y pude desarrollar
la presentación correctamente y terminar con un espacio de preguntas y
respuestas donde evacué con éxito las inquietudes hasta de los más
críticos.
Al terminar la reunión quedaron las pláticas de pasillos. Estaba conversando
con los ejecutivos de dos empresas, cuando la chica de la sonrisa se acercó,
saludó con otra sonrisa, y con toda autoridad me sacó de la
conversación.
- Disculpen, se los puedo quitar unos minutos.
- Si claro, respondieron con miradas de complicidad y de envidia.
Nos apartamos a platicar. No daba crédito a lo que estaba pasando. Realmente
ella era hermosa, elegante y para colmo con una dulzura angelical.
- Hola, soy Linda Yánez, estoy a cargo de las comunicaciones de la
empresa tal B&V.
- Mucho gusto, encantado de conocerla.
- Me gustó mucho su presentación.
- Gracias
- Quiero que me comparta la power point.
- Si claro.
- Y si puede, me de mas información sobre el tema. Aquí tiene mi número
de teléfono y correo electrónico, - dijo dándome una tarjeta de presentación,
inmediatamente se despidió con un beso.
Regresé con el grupo de ejecutivos que recibieron con sonrisas burlonas, y
alguien dijo que me recogiera la baba.
- ¿Ya la conocías?
- No. - Pero ¿sabes quien es?
- No. Me dijo que es una periodista que les trabaja las relaciones
públicas a la empresa B&V.
- !No la has visto en televisión!!!? Dijeron dos o tres al unísono con
una exaltada entonación
- No, dije, mientras pensaba: de que diablos me había perdido
- Esa chava es la presentadora del noticiero del canal 24 (era el
noticiero amarillista que tenía mucho éxito)
- En serio…!!!
- Si, que no ves noticias vos?
- No veo ese noticiero.
- Como puede ser que un comunicador no vea noticias.
No quise contra argumentar porque no ganaría la discusión. Seguro también para
ellos, ese era el mejor noticiero, como para las masas, fieles a su
transmisión diaria, que creen a ojos cerrados en sus historias, aunque los
abren tanto ante las imágenes de escándalo que les presentan en cada
emisión.
Esa noche me aguanté todo el noticiero, maravillado con tanta ficción, desde
el chupacabras, el gatonejo. Si que guapa es esa chica y por lo menos, me
dije, ella me hace tragarme esas noticias con un sabor agridulce. La tragedia
vende y nuestro país está lleno de ella. La televisión se aprovecha de esto. Y
tenemos una tragicomedia diaria que entretiene a las masas mientras no les
llega el turno de su dolor, porque cuando no hay chupacabras hay tragedias y
eso abunda en la dura cotidianidad del país.
El lunes a primera de la siguiente semana, le envié al correo la presentación
y la información extra solicitada y con la excusa de que si le había llegado
mi correo le hablé, antes que lo viera, pero no estaba en la oficina, me
dijeron que le darían mi recado. Que tonto, porqué no le pedí el número de
celular.
Estaba almorzando, cuando recibí una llamada de un número desconocido.
- Hola, Soy Linda.
- Hola Linda, como está.
- Me dijeron en la oficina que me había llamado
- Si, es que le envié la información a su correo. Solo para verificar
que le había llegado.
- Ahhh gracias, si. No me ha quedado tiempo de leerlo.
- Ahh bueno, revise y si necesita algo más me avisa.
- Mire y cuando tenga otro evento me invita.
- Si claro, con gusto.
- Bueno, ahí le queda mi número.
- Ya lo voy agregar a mis contactos. Un gusto saludarle.
- Hasta luego.
En esos días mi empresa había sido contratada para producir un documental para
una ONG que apoyaba comunidades campesinas. Trabajé el guion, grabamos
entrevistas y las imágenes del trabajo de las organizaciones comunitarias en
unas zonas de Chalatenango. Ya tenía todo para editar pero no tenía la voz en
off. Necesitaba la voz de algún locutor y tenía poco presupuesto.
Había pasado un mes desde que la había conocido, cuando me llamó para que les
acompañáramos a una reunión con los ejecutivos de su empresa. Fue una reunión
corta, pero pude aportarle a sus propósitos. Pero empecé a intuir que también
tenía otros propósitos. ¿Estaba soñando?
- Gracias por venir, le agradezco, estoy en deuda. Me acompañó a la
salida.
- No se olvide a invitarme cuando tengan otro evento.
Llegué a la oficina, con una idea dándome vueltas a la cabeza: invitarla a
salir. Pero ahora tenía que concentrarme en los problemas terrenales, el nuevo
presidente de la gremial era alguien inseguro y quería ganar protagonismo a
costa de la salud mental de los demás. Sin saber de los temas, en lugar de
escuchar imponía su criterio y su idea del éxito de la gestión empresarial era
poner controles en los horarios de trabajo y sobre las actividades, en lugar
de evaluarnos por los resultados; de esta manera había que estar informando
las reuniones, a que lugares de había ido, bueno primero informado en los
planes semanales luego informes semanales. Eso era un quitadero de cabeza solo
para que el maistro vea que se trabajaba. Le era tan difícil entender que le
daba un servicio como empresa y que tenía otros clientes. Como que el mundo
moderno no entraba en su cabeza y se había quedado en la escuela militar donde
estudió, pero no terminó su carrera militar.
Esa noche le llamé por teléfono a la chica del noticiero.
- Hola Linda, que tal, como está
- Aquí solita, no quiere hacerme compañía.
- No me salía la voz…después de carraspear, logré decir: no sabe cuanto
me gustaría pero estoy en Santa Ana (ella vivía en la capital) y saliera ya
para allá, pero a esta hora…(en ese entonces no tenía carro)
- Si, si lo sé
- Pero hablemos, así también me hace compañía. Hablamos de nuestro
pueblo natal, de sus tradiciones, de la comida que nos gusta, de la profesión,
del deporte, de nuestros equipos de fútbol favoritos, porque claro el suyo era
el del pueblo; en cambio yo había adoptado el de la ciudad donde vivo desde
los 5 años.
Esa noche me fui a la cama soñando despierto y ella probablemente logró
conciliar el sueño después de nuestra larga conversación, que aumentó el monto
de mi factura de teléfono de ese mes.
Al día siguiente fuimos almorzar de nuevo, esta vez iba decidido a declararle
mi amor. Quedamos de vernos en un pequeño restaurante al sur de la ciudad,
ubicado cerca de mi oficina. Llegué primero. Miraba el menú mientras imaginaba
una y otra vez como le diría y como ella reaccionaría, luego evaluaba de
decirle directamente o sondear con insinuaciones, para no cortar la ilusión
tan pronto por si me daba una respuesta negativa. Estaba viendo el menú por
décima vez, cuando levanté la mirada en dirección de la puerta, ella apareció,
me vio inmediatamente y se dibujó su sonrisa encantadora. Venía alguien más
con ella.
- Hola, ella es mi compañera Alina.
- Mucho gusto. Siéntense.
Mientras esperábamos que nos tomaran la orden, por lo bajo ella tocaba
mi pierna derecha con su pierna izquierda y me sonreía. Yo estaba muy nervioso
y hacía un gran esfuerzo por disimularlo. Como la cita no había funcionado
como la había planeado, ya que me había hecho trampa al traer compañía, se me
ocurrió generar otra oportunidad y le propuse que trabajáramos juntos, mejor
dicho que me trabajara, que me grabara la voz en off para el documental. Le
pareció muy buena la idea. Tengo poco presupuesto y no puedo pagarle lo que
vale…Cuánto tiene para mi, dijo. Le dije el monto, temiendo que rechazara mi
oferta. Está bien me dijo, trabajemos. Donde grabaríamos? Le comenté que un
amigo tiene un estudio de grabación y me lo prestaría. Puedo el viernes en la
noche. No tengo ese día noticiero, solo voy a presentar al medio día. De
acuerdo, voy a coordinar para ese día. Donde nos encontramos. Si gusta paso
por usted, me espera a la salida de su oficina. Perfecto. En ese momento se
acercó el mesero. Ya están listos para ordenar, preguntó. Ordené una pechuga a
la cordon blue y ella una ensalada de cuyo nombre no me acuerdo ni de lo que
pidió su amiga.
- Para mantener la figura
- Estoy muy gorda. - El queee…
- Va a creer que ella cree que está muy gorda-dijo su amiga que si estba
pasadita de libras y comía sin remordimiento.
No quería hablar de su trabajo en la televisión, pero me preguntó sobre un
amigo en común que trabajaba para la cadena. - Si es muy inteligente…lástima
que le toca estar haciendo el trabajo para tontos. Sin querer se me salió, y
cuando me había dado cuenta ya había salido de mi boca la expresión, vi
rápidamente su cara en espera de su reacción.
- Jajajaja, si es muy inteligente y muy pesado. No todos en la
televisión somos tontos.
- Lo se, no quise decir eso. Vi la oportunidad de enmendar mi metedura
de pata.
- Simplemente me parece que podrían dar mejor información a sus
televidentes.
- ¿No le gusta el noticiero en que trabajo?.
- No se, disculpe, pero no veo ese noticiero,
- No le creo, ¿no lo ha visto ni una vez?
- Si, si ya lo he visto, pero me parece muy fuerte para mi gusto
personal.
- Le lastima su sensibilidad dijo con risa sarcástica.
- Es que me parece que eso no tiene que ver con informarse sino con el
morbo de la tragedia ajena, disculpe no es nada personal.
Ella me sonrió de esa forma encantadora que expresaban un gran control de si
mismo y una simpatía por mi o condescendencia a mi alegato. Pensé que había
perdido la oportunidad de una segunda cita, pero al despedirse me dijo casi al
oído: nos vemos el viernes.
El viernes de manera más que puntual, le esperaba en la 49, antes del centro
comercial, vi que abajo del paso a desnivel todavía estaban unos vendedores de
flores. Qué oportuno, fui y compré un ramo de rosas, justo a tiempo, a los
pocos minutos paró un carro sedán rojo, bajó las ventanas y dijo hola, ¿nos
vamos?. Al subir, vio las rosas y me dijo ¿son para mi? Se las di, se las
acercó a la cara. Que lindas, gracias y las puso en el asiento de atrás.
Llegamos al estudio de grabación que estaba por el Hospital de Niños. Ahí
estaba mi amigo esperándonos. Linda bajó con sus rosas. El me las regaló le
dijo, orgullosa. Los presenté y pasamos rápidamente al estudio. Mientras mi
amigo ecualizaba en los controles, ella me tocó el estómago y me dijo tienes
pancita. Y subió su blusa y me enseño su estómago plano. Al terminar la
grabación me pasó dejando a la oficina. Eran las 9 de la noche y cuando paró
el carro, las ideas en mi cabeza no se alcanzaron a articular en mi boca, nos
despedimos y al bajar del carro la vi partir con la decepción de no haberla
invitado a pasar.
Una semana después, en un restaurante de la zona sur, nos sentamos a almorzar
comida italiana. No hubo tiempo de la tertulia del postre porque tenía que dar
las noticias del medio día. Pero logré acordar que me ayudara con su voz para
el otro documental y también invitarla para la fiesta que la gremial haría
para los periodistas en su día.
La pequeña recepción a los periodistas que cubrían nuestras actividades se
hizo junto a la piscina de uno de los más grandes hoteles dela ciudad. Fue
algo más íntimo con un grupo de unos 7 periodistas, el gerente y dos
directivos de la gremial. Ya habíamos empezado a platicar sentados a la mesa
cuando va apareciendo semejante dama con un elegante vestido de noche, con
peinado de salón y un maquillaje impecable que resaltaba aún mas su belleza.
Sus grandes ojos chispeaban alegría. Salí a su encuentro y me saludó
efusivamente cariñosa, haciéndome sentir importante.
- Solo por usted vine.
-Me hace feliz, gracias por venir a rescatar la velada.
Entró como reina y después de saludar a todos se sentó a la par mía. Esa noche
era mi gran noche, pero duró poco. Después de cenar y cuando al calor de los
tragos la conversación se volvía más a mena, ella vio su teléfono y dijo. -Me
tengo que ir. Gracias por invitarme. El gerente me dijo al oído andá dejala.
La fui a dejar al parqueo y cuando estaba a punto de decirle que me llevara a
su casa, porque ya me había advertido que vivía sola con su hermana, pero que
ella no estaba esta noche, recibió una llamada de su novio de Estados Unidos.
Contestó nerviosa. Si ya voy para la casa. Al colgar me dijo, gracias de nuevo
y me despidió con un cariñoso beso en la mejía que me dejó atontado y no le
propuse que me robara de la fiesta.
La segunda grabación la tuvimos que hacer con mi laptop en la sala de
reuniones de la oficina de la gremial. Llegó con una falda pantalón blanca y
una blusa color lila que mostraba buena parte de sus hermosos pechos.
Empezamos la grabación con la computadora en la mesa de reuniones, sentados
juntitos. Le hacía observaciones a la entonación y ella me preguntaba por unas
partes del guion, le dio una lectura y luego hizo una práctica. Me dijo, estoy
lista. Empecé a grabar , lo repetimos unas tres veces. Al terminar, ella giró,
nos miramos de cerca, con su mano tocó mi pierna y dijo, espero que le guste.
Si claro y me acerqué más, ella se quedó mirándome, me acerqué un poco más y…
ella quitó suma no de mi pierna y cambió su expresión. Regáleme agua dijo. Me
fui al bar y tomé un baso, no quiere algo más por ejemplo ¿un vaso de whisky?
No, me dijo y se acercó al bar cuando le estaba sirviendo el agua que había
sacado de la pequeña refrigeradora, se acercó más, rozándome el cuerpo y
tomando el vaso con el agua, lo bebió a la mitad y me lo dio, se subió a barra
del bar y se acostó modelándome, yo la veía directamente y la veía en el gran
espejo, me acerqué, me tendió su mano, la tomé y me acerqué mas, me puso su
mano en sus pechos, me incliné a besarla y le fui desabotonando su blusa, una
parte de sus turgentes pechos quedaron al descubierto, con la otro mano se
quito el sujetador, le recorrí a besos todo su pecho y cuando llegué a sus
pezones, dio un extasiado gemido. Yo fui bajando recorriendo abdomen, el que
me había lucido en la anterior sesión de grabación. Cuando llegué a su dorso,
se incorporó bruscamente y dijo: No, puede venir alguien.
- No, no.
- Y si abren, ¿alguien más tiene llave?,
- Tengo asegurado con doble llave. Vio su reloj y dijo: Me tengo que ir.
- Por queee dije en tono de súplica.
- Es que mi hermana me está esperando. Se levantó, colocándose y
ordenando su blusa. Me invadió una angustia por detenerla, pero ya estaba
perdida la partida. Por más que me resistiera, por mas que quisiera retomar y
avanzar, esta vez hasta ahí tenía que llegar.
Ese fin de semana su equipo ganó la final de fútbol. Le llamé y no
contestó, así que le puse un mensaje de texto: Felicidades campeona. Puse la
radio, oí algunos comentarios sobre el partido y luego puse música, salía una
canción de los 80. Las notas de su riff me aceleraron el rimo de mi pulso
cardiaco.
El lunes a primera hora le llamé de nuevo, no me contestó. Mas tarde le llamé
a su oficina y me dijeron que no estaba, pedí que me pasaran con Alina, le
pregunté por Linda. ¿No sabe que se fue para Estados Unidos? Podría ser un
viaje de paseo, pero ya sabía que de había ido para siempre. Ya no recuerdo
que más dije, solo que colgué.
Ese día fue tortuoso, no encontraba la manera de que terminara para llegar a
mi casa. Cuando al fin llegué, puse la radio y me tiré en la cama. En la radio
adulto contemporáneo sonaba Baby, I Love You de Ramones, para rematar, pues su
melodía era mejor que la cebolla para hacerme llorar, con la siguiente canción
I wish it would rain down de Phil Collins, la lluvia de mis ojos empezó
y caí en la cuenta que nunca más la tendría en mis brazos de nuevo y ya nunca
me interesaría por los noticieros de horario estelar.
El Guitarrista
In memoriam de El Tigre.
La guitarra está colgada en la pared, olvidada desde hace un tiempo. Ahora
decido bajarla y ponerme a tocar, después de que mi padre me dio la noticia de
que el Tigre, como le decíamos, murió la semana pasada de un infarto
fulminante. Es un homenaje inconsciente a este compañero de sueños musicales,
que caminaba como un rockstar, usaba el cabello largo hasta los hombros, una
mirada intensa , un rostro anguloso, una pinta a lo Jim Morrison.
No es para menos, el fue el compañero y maestro de algunas de las primeras
canciones que aprendí a tocar. Tenía una magistral habilidad para puntear y
tocar al oído. Estudiamos juntos en el Centro Nacional de Artes, él era más
avanzado en la guitarra y yo en la teoría; nos reuníamos bajo los árboles de
la finca donde yo vivía para estudiar la música y sobre todo a practicar
reconocidas canciones que nos gustaban a los dos, desde el rock, los boleros
a la música ranchera.
Las primeras notas que empiezan a ejecutar mis dedos son los del intro de
la canción La Bamba, era lo primero que me aprendí y lo único que podía
mostrar en nuestras sesiones de ensayo, después toco la intro de Música
ligera de Soda Estéreo, una de las que nos gustaba practicar.
Recibíamos clases todos los días de 5 a 6 de la tarde y salíamos apurados a
tomar el bus en la terminal, porque el último bus salía las 7 de la noche de
la capital. La clase de armonía nos ilusionaba, soñábamos con obtener las
herramientas teóricas para ser compositores. La clase nos la daba un
profesor cubano que había estudiado en Rusia.
Estábamos en nuestros gloriosos 20´s buscando nuestros sueños en las
cuerdas de una guitarra y cuando conquistábamos, sobre todo yo, una frase
musical o un rif de alguna famosa canción, nos sentíamos recibiendo nuestras
primeras medallas y a él se alegraba al comprender algo de armonía, de
porqué la secuencia de acordes que al oído había detectado, sonaba tan bien.
Sin duda su talento y su vida estaba volcada a la guitarra, lo arriesgaba
todo, lo arriesgó todo en ella y ella le dio de vivir en los próximos
años.
En ese tiempo yo trabajaba y estudiaba y el tiempo de sobra le dedicaba a
la música, él practicaba la guitarra, estudiaba música y el tiempo extra lo
dedicaba al vacile. Pero ¿qué hacía para vivir? Se había acompañado con una
señora mucho mayor que él y vivía en su casa.
Éramos dos chicos que veníamos del campo y los dos con grandes sueños. El
ya había aprendido la guitarra de forma autodidacta. Yo había estudiado
música y guitarra en la escuela municipal de música donde aprendí los
acordes y cuando por fin llegué a la parte en que el profesor me enseñara
canciones, fue con la canción Por fin y entonces entendí el chiste de los
antiguos. Era un bolero y los chicos queríamos rock. El profesor de guitarra
era un integrante de un Trío que tocaba en el Mayerlin, el restaurante ya no
existía, pero había quedado la costumbre a los tríos de concentrarse en esa
esquina a la espera de clientes.
Desde los siete años soñaba con ser músico, después que escuchara a los
Beatles en la radio. A mis 16 años logré comprar una guitarra, con el dinero
que había ahorrado trabajando de ayudante en un beneficio de café donde los
peones me daban unas monedas por ayudarles.
La cabeza inquieta no puede aceptar que el tiempo pase sin producir, sin
nutrirse de la inspiración y volar por encima de los pequeños cerros. Debe
salir de los cercos cotidianos para alcanzar los sueños. El mundo por
delante y yo gateando, quería tomar carrera y apenas empezaba a enderezarme.
Buscando el tesoro bajo tierra, escarbando con las uñas. Con la ansiedad de
llegar tan lejos, me apunté en la escuela municipal de música, agregando dos
horas a mi ya cargado horario: De 7 de la mañana al medio día tenía clases
en el Instituto, de 1:00 a 5:00 PM trabajaba en una fábrica ayudando al
departamento de contabilidad (esto era un apoyo que el patrón de mi papá me
daba para poder continuar con mis estudios), ahora tendría de 5 a 7 pm
clases de música y luego de 7:30 a 8:30 pm tenía clases de
mecanografía.
Sobre las viejas tablas de la segunda planta del Palacio Municipal
funcionaba la escuela de música. En los salones del poniente se llenaban las
tardes de notas musicales. Hasta ahí llegaba todos los días de lunes a
viernes como a las 5 y media porque a las 5 salía de trabajar, había un
piano viejo, instrumentos de viento (clarinetes, trompetas, saxofones,
flautas transversales, fagot). Había violines, chelo, contrabajo, En otra
sección funcionaba la clase de guitarra. En invierno y verano, todos los
días caminaba unas 15 cuadras a las clases, a veces bajo la
lluvia.
Desde entonces conocía al Tigre que vivía por los cerros del norponiente y
caminaba por la línea férrea a la ciudad, mientras yo caminaba en sentido
contrario pastando las vacas de mi papá. Un día empezamos a hablar y
empezamos a hablar de música y más que nada de la guitarra. Más adelante por
distintas vías conocimos del Centro Nacional de Artes. Así fue como hicimos
todo lo posible por estudiar ahí.
Ya por ese entonces ya habíamos empezado los ensayos, el tigre aprovechaba
y se fumaba un puro de marihuana al orilla del pozo en medio de la finca.
Nunca me animé a probarlos, no tanto por el miedo a mi papá, sino por el
miedo a que no podría controlarlo. Un día invitamos a otro compañero que era
cantante de ópera y este llevó un poco de polvo blanco que colocó en la
pared del pozo ahí conocí la cocaína. Mi preocupación era que mi padre les
descubriera y ya no les dejara estudiar conmigo.
Fue una temporada corta, pocos años en que coincidieron nuestros sueños
musicales. Nuestras vidas se separaron, él se dedicó por completo a la
música y, hasta donde supe, tocaba con su grupo con un grupo en bares y
restaurantes a orillas del lago Coatepepue. Yo me dediqué a la carrera de
periodismo después de salir de la universidad y fracasé en mis únicas
presentaciones en público que no pasaban de 10 personas.
Mis fallidas apariciones en público:
El pánico escénico frustró mis oportunidades de lanzarme al estrellato
(tómese nota de la ironía). No se si para todos, pero para mí tocar para un
público es difícil, aunque esos 5 o 10 personas. En tres ocasiones épicas,
deseé haber practicado más la guitarra junto a mi amigo…
Una vez en la cena en casa de una pareja de profesores alemanes, nos
quedamos sentados en la plática de sobremesa, y no se como apareció una
guitarra y siempre hay alguien que dice: él puede tocar. Y te acordás que a
ese alguien le dijiste alguna vez que te gusta la guitarra y que podés unos
cuantos acordes, pero en ese momento como explicás lo que les has dicho y
decepcionar al público que te ve con gran expectativa. Tomando la guitarra,
todavía intentás a decir no es cierto, no puedo; mientras tanto seguís
acomodando la guitarra y lo mas que alcanzas a decir es: sólo puedo un
poquito. Alguien dice, aunque sea una parte de una canción que te podás, y
si se algunas partes de un par de canciones, pero solo las he tocado para mi
y luego está la cantada, ¿Cómo me saldrá la voz? ¿Cómo domino los nervios?
Tenía que tocar una muy conocida, porque el público lo que quería era cantar
o aullar algo con el acompañamiento de la guitarra. Los dedos no atinan a
dar las notas exactas, pero ahí van saliendo mal que bien los acordes. Se
fueron levantando de uno en uno o de dos en dos a conversar en otras partes
de la casa. Solo se quedó a escuchar uno de una generación anterior, que
tenía un gran sentido del humor y quizá por eso soportaba mis torpes notas
que, sin embargo, sonaban de tal manera que aún se reconocía la canción. Al
ver que todos se habían ido, le dije al amigo, como desahogo y como
agradecimiento a su lealtad, pero con toda la ironía posible: No apoyan al
artista nacional. El se moría de la risa y esa frase se hizo histórica,
patentada para ser citada en cada encuentro que tuvimos en el
futuro.
Ya me había sucedido algo similar en la despedida de una cooperante
holandesa, cuando estaba terminando de estudiar secundaria o empezando la
universidad porque ahora que recuerdo mejor, la conocí al producirles un
documental para los grupos de mujeres campesinas para las cuales había
venido a apoyar. Esta vez las fuerzas que surgieron de la flaqueza fueron
por el deseo de impresionar a la extranjera que estábamos despidiendo y
talvez la impresioné con mi valor de exponerme al ridículo, porque unos
meses después recibí una sobre desde Holanda o Países Bajos, ya no me
acuerdo como venía el sello postal, en el que venía una carta y unas fotos
en las que estaba tocando o haciendo el mate frente a sus amigos que esa
memorable noche le despedían con comida típica.
Y para variar en otra cena memorable, durante un viaje de intercambio
cultural financiado por la embajada de Estados Unidos en el país, en la
ciudad de Jackson, Mississipi, a orillas de ese famoso río, compartiendo con
unos anfitriones, alguien les dijo al organizador de la cena y organizador
de un festival de jazz de la ciudad al que habíamos asistido esa tarde, que
yo tocaba la guitarra. En una esquina estaba la guitarra, una alucinante
Gibson. Hey Robert, your friends toldme you can play the guitar. Play a song
please. No entendía muy bien, pero rápido me di cuenta que querían que
tocara algo. Me temblaron los dedos y está vez no podía decirles que
apoyaran al artista nacional. Me lamentaba no haber continuando con los
ensayos con mi amigo El Tigre.
Había desistido de mis sueños musicales cuando en otro viaje, 10 años
después, en una esquina de la Bourbon Street en Nueva Orleans, viendo en la calle a un
muchacho tocar magistralmente la guitarra, recordé
mi vieja guitarra que había dejado en mi país y mis sueños de infancia.
Despertó en ese momento un poderoso deseo de retomarlos, de continuar con la
música. Estaba trabajando de mesero en un hotel en Canal Street, la Canales,
como le dicen los latinos, y con el primer pago compré por internet una
Fender electro acústica, con la cual seguí mi aprendizaje autodidacta de la
guitarra.
A lo mejor algún día pueda reivindicarme con mi guitarra, pero por ahora
disfruto de nuevo intentando tocar las canciones que más me gustan, o por lo
menos algunos riffs como el de How wish you were here, de Pink Floyd, canción
que dedicaron a Sy Barret, el primer lider y guitarrista de la banda, la
cual dejó 3 años después de su fundación por los problemas derivados del
consumo de drogas.
Cuando la nostalgia viene en las notas de una guitarra ochentera, me
recuerdan lugares, momentos y sueños infantiles y juveniles. Es como la
banda sonora de las escenas de mi propia película. Es como oír la voz del
destino al oído después de haber hecho sonreír mi suerte en uno de esos días
pesados.
El Tigre murió de un infarto después de días de estar escondido, porque le
acusaban de haber participado en un asesinato. Su hermano menor había sido
asesinado unos años antes por miembros de pandillas y hoy supe que de ahí
también dependió su muerte.
Mis dedos se deslizan ágilmente recorriendo el diapasón y me gusta como
suena; es extraño, había dejado de practicarla porque no me salía, ahora las
notas fluyen al contacto de las cuerdas con mis dedos. Fue uno de los riff
que intentó enseñarme.



