En busca de las letras prohibidas

 



Regresaba a casa junto a mi hermano menor. El sol se escondía tras el cerro Santa Lucía y, de las casas, escapaba un olor a frijoles fritos, refritos, como bajados del cielo justo cuando el hambre empezaba a sentirse, agudizada por aquel aroma a cena típica.
Apenas habíamos caminado dos cuadras desde la escuela cuando, al girar hacia el norte en una esquina, apareció volando una hoja de papel. Se elevó desde el suelo unos dos metros, cayó unos pasos delante de nosotros, luego el viento la alzó de nuevo y terminó a mis pies. La tomé con rapidez. Era una impresión mimeografiada: un panfleto subversivo que llamaba a unirse a la lucha armada contra la dictadura.
Entre sus líneas había un poema:

A quienes te digan que nuestro amor es extraordinario
porque ha nacido de circunstancias extraordinarias
diles que precisamente luchamos
para que un amor como el nuestro
(amor entre compañeros de combate)
llegue a ser en El Salvador
el amor más común y corriente,
casi el único.
RD

Estudiante, obrero, campesino, únete a la lucha popular.

Fue como una revelación mística: poesía y revolución me habían llegado volando juntas. Desde esa tarde, en que aquel volante clandestino salió a mi encuentro y puso en mis manos unos versos cargados de amor y combate, no dejé de preguntarme: ¿quién sería el poeta que los había escrito? Aún con el papel en la mano pensé que quizá no era tan difícil descubrirlo: bastaba con descifrar esas iniciales.
—¿Qué dice ese papel? —me preguntó mi hermano.
Salí de inmediato de mis pensamientos, lo doblé con rapidez y lo metí en mi bolso de tela.
—Solo es un poema.
—Enséñamelo.
—Te lo voy a mostrar en la casa. Apurémonos.
Inmediatamente, desaparecieron de mi mente y de mi estómago tanto el deseo de comer como el disfrute de la puesta de sol. Un ruido pasó sobre el cielo: una bandada de pericos que cruzaba de oriente a poniente.
—¿Por qué no puedo ver ese papel?
—En la casa te voy a explicar.
Mientras respondía, volteaba a ver a todos lados y caminaba cada vez más deprisa. Mi hermano, intrigado, sospechaba que algo importante había en ese papel.
Atravesamos lo que aún era la frontera urbana: la 20 calle. Más allá quedaban cafetales y algunas casas dispersas. Antes de cruzar la calle adoquinada alcancé a ver un rostro conocido, que pronto desapareció como un fantasma. Caminamos con prisa unas cinco cuadras hasta el beneficio; a unos pasos estaba la entrada de la finca donde vivíamos.
Llegamos agitados. Mamá ya estaba torteando y nos miró extrañada.
—¿Qué les pasó?
—Nada, mamá. Nos vinimos rápido porque teníamos hambre.
Después de cenar me aparté a un rincón de la casa. No dejaba de pensar en el poema de la hoja volante. La sencillez de sus versos, que unían amor y lucha con la ternura de una pasión escolar, me hacían sentir que yo también podía ser poeta, uno como me gustaba: capaz de escribir con amor y rebeldía.
Mi hermano se acercó y me pidió ver el papel. Lo saqué del bolso y se lo mostré rápido.
—No le digas a mamá.
La luz ondulante del mechero de gas arrojaba sombras sobre el papel. Era temprano todavía —no había energía eléctrica— y la noche entraba con rapidez. Mi hermano lo vio sin darle mucha importancia, me lo devolvió y dijo:
—Juguemos escondelero.

Tomé el papel y lo guardé, y salimos corriendo al patio. Yo me perdí entre los cafetales, mientras él contaba hasta veinte. Jugamos a escondernos hasta que mamá nos llamó a cenar. Sobre la mesa rústica de madera estaban nuestros platos con un huevito, frijoles volteados, cuajada y crema. Un verdadero banquete en nuestra humilde cocina para comensales hambrientos que compartían la cena sentados frente a la finca, iluminados por un candil de gas líquido con mechón de tela, cuya llama parecía querer apagarse de rato en rato, proyectando sombras ondulantes sobre el telón oscuro en que se convertía el cafetal que rodeaba la casa de adobe con techo de lámina. Con la danza de esas sombras y las figuras que el viento provocaba, mi imaginación recreaba escenas fantásticas. Vi la hoja de papel con el poema desenvolverse desde el suelo y levantarse hacia el techo, mientras las letras se desprendían para formar batallas entre vinchas y pañoletas.

Como sobremesa, mi papá empezó a contar sus historias, de las que yo era un verdadero fan. Tenía muchas: unas fantásticas, otras de miedo, algunas surrealistas, divertidas, o simplemente chistes. Esta vez comenzó con el cuento de Cuando la tortuga le ganó a la liebre.
Según él, todo empezó en una reunión de animales, donde la liebre se burló de la tortuga y la retó a una carrera. Para sorpresa de todos, la tortuga aceptó. Al conteo de tres, la liebre salió disparada. Cuando la tortuga apenas dio el primer paso, la liebre ya había desaparecido. Calculó que llevaba suficiente ventaja, volteó para buscar a la tortuga… pero no la veía. Cuando volvió la mirada hacia adelante, la encontró ahí, caminando.
Sorprendida, corrió otra vez con toda velocidad. Más adelante volvió a girar para ver dónde venía la tortuga y, de nuevo, al mirar al frente la tenía delante. Así siguió hasta que la liebre se cansó y la tortuga ganó.
Al terminar, mi papá nos miró esperando la lógica pregunta: ¿Cómo lo hizo la tortuga? Como nos quedamos callados, él respondió:
—Simple: eran varias tortugas que se habían colocado en el camino, por eso siempre parecía que una le salía adelante.

Nos reímos, y como nos vio interesados, continuó con otro cuento: Cómo el conejo fue castigado por travieso.
Un campesino fue a quejarse con el cura del pueblo. Le dijo que un conejo le estaba arruinando la cosecha de sandías: “Ya no solo se las come, sino que les hace un hueco, se traga todo lo de adentro y les deja las heces ahí mismo”. El cura le aconsejó sellar bien el cerco, dejando solo un hueco de entrada, donde pondría un muñeco cubierto de cera con las manos levantadas.
Esa noche, el conejo llegó como siempre. Al ver al muñeco bloqueando el paso, le dijo con voz autoritaria:
—¡Apartate!
El muñeco, claro, no respondió. Entonces, en tono amenazante, el conejo insistió:
—Si no te apartás, te voy a dar un puñetazo.
Esperó unos segundos y le soltó un derechazo. La mano quedó atrapada en la cera.
—¡Soltame! —gritó, y le lanzó otro golpe con la izquierda. También quedó atrapada.
Ya molesto, amenazó con una patada. Al no obtener respuesta, pateó con fuerza… y terminó atrapado por completo.

Reímos con fuerza, pero enseguida papá nos mandó a dormir. Mamá, mientras tanto, terminaba de lavar los trastes. Le dimos las buenas noches y nos fuimos a la cama: un catre de pitas con petate, apenas de un metro de ancho, donde dormíamos mi hermano y yo. Él conciliaba el sueño en minutos; yo, en cambio, me quedaba pensando largo rato antes de dormir.

Esa noche, mis pensamientos giraban siempre hacia el poema del panfleto. Trataba de imaginar quién era el autor. Hacía conexiones, repasaba cómo lo había encontrado. De pronto, apareció en mi mente la imagen de una pareja que había visto días atrás en la esquina de la tienda. No encontraba relación alguna, salvo que aquel poema hablaba de amor, y lo que yo había visto era una pareja de enamorados.
Por más vueltas que le di, no hallaba cómo seguir la pista. A mis diez años ya sabía que esa literatura podía significar la muerte, no solo para mí, sino también para mi familia. ¿A quién preguntar? No se podía confiar en nadie: cualquiera podía ser un “oreja” del ejército.
“Las paredes oyen, hijo”, nos repetía papá, advirtiéndonos que no mencionáramos nada de lo que escuchábamos cada tarde en la radio guerrillera. Sabía que los niños no saben guardar sus pensamientos en silencio.

Al día siguiente, en clase, pensé en preguntarle a la profesora. Ella me tenía mucha estima por mis buenos resultados académicos, pero no sabía de mis inclinaciones literarias y menos políticas. No podía arriesgarme, así que decidí preguntarle al único compañero que mostraba simpatía por la revolución, incluso hacía cosas atrevidas, como colocarse una pañoleta roja en el rostro.
Cuando vio el panfleto, dijo que no sabía qué significaba “R.D.”.

Sonó el timbre del recreo de las tres. Todos salieron corriendo, pero yo me quedé escribiendo un poema en las últimas páginas de mi cuaderno de matemáticas, inspirado en los rizos de una compañera. Cuando el aula quedó casi vacía, sentí que alguien miraba por encima de mi hombro. Era Emilio.
—¿No terminaste de copiar? —me preguntó.
—Eh… es que… estaba anotando unas cosas para mi mamá, de la tienda.
—¿Vas a ir después de clases?
—Sí… sí, eso.
—¡Vamos a jugar fútbol!
—Dale, vos.
—Los equipos ya están completos, pero si vas conmigo, nos dejan jugar a los dos.
—Vamos pues.
El cuaderno con mis poemas y el panfleto quedó olvidado en el pupitre.
Cuando regresamos a clase, la profesora me llamó a su escritorio. Me enseñó el panfleto.
—¿Por qué andás con esto? —me preguntó en voz baja.
Una compañerita se acercó curiosa. La profesora escondió el papel con rapidez. Le pidió que se fuera a sentar. Al ver que otros se acercaban, habló en voz alta para disimular y pidió a todos esperar. Cuando quedamos a solas, volvió a mirarme con seriedad:
—Tengo que llamar a tus papás. ¿Sabés que es muy peligroso?
—No, señorita. Yo lo recogí de la calle porque tenía un poema.
Su expresión severa cambió de pronto. Adoptó un semblante más maternal. Aproveché el momento:
—Quiero saber quién escribió el poema.
Leyó las líneas y las iniciales. Negó con la cabeza.
—No sé.
—No le diga a mis papás, por favor.
—Está bien, no les diré. Pero vamos a romper este papel. No sigás recogiendo cosas así. Es muy peligroso.
—Lo voy a esconder en mi casa…
—¿Así que te gusta leer poesía?
—Sí, señorita.
Sonrió.
—Ya vi también que te gusta escribir. Y lo hacés bonito.
Sentí que se me quemaban las orejas. Me intimidaba más que me haya encontrado el panfleto, la lectura de mis versos.
No se que expresión tenía mi rostro, pero mi cara la ha de haber conmovido para que me hiciera una promesa:
—Te voy a prestar una revista universitaria. Trae poemas de un tal Roque Dalton. Te la traigo la próxima clase.
No llamó a mis padres, pero destruyó el papel. No me dejó copiar el poema, por más que le insistí.

No aguantaba las horas para volver a clases. Era viernes y tendría que esperar hasta el lunes por la tarde, porque asistía al turno vespertino; por las mañanas, de lunes a viernes, y los fines de semana, mañana y tarde, ayudaba a mi papá a pastar dos vacas y una cría en la línea del tren, que pasaba detrás de la casa y a un costado del beneficio de café Río Zarco. Los fines de semana se me iban en esas tareas, aunque siempre encontraba ratos para leer o jugar.

Ese sábado, mientras pastaba a las vacas, vi algo que me dejó impactado: en la larga pared blanca del beneficio, de unos ciento cincuenta metros de largo y tres de alto, había aparecido una enorme pinta de la organización LP-28. Era un homenaje al líder sindical de la fábrica El Búfalo, asesinado recientemente. Al final se leía la frase: “Compañeros caídos en la lucha, hasta la victoria siempre”. Al contemplar la enorme pinta, la imagen de Elías se apoderó de mi mente; ese era el rostro que apenas había logrado distinguir en la 20.ª calle, la tarde en que el poema me llegó volando en un panfleto. También era él quien abrazaba a la muchacha en otra ocasión, cuando lo vi cerca de la tienda de la colonia.

El siguiente lunes, al salir al primer recreo, me acerqué al escritorio de la profesora con temor a que hubiera olvidado su oferta. Ella abrió un gaveta y sacó una revista, que me entregó. La abrí ansiosamente y hojeé hasta encontrar el poema “Cantos a Anastasio Aquino”, el líder indígena de la insurrección de 1832. La profesora me dijo que podía llevarme la revista y devolvérsela después. Leí con entusiasmo el poema y, aunque trataba temas diferentes, me pareció reconocer el estilo del poeta del poema de amor que había visto en el panfleto. Leí toda la revista, que contenía diversos artículos sobre arte y literatura, además de un extenso poema de Roque Dalton. Por su temática de lucha popular, podría decirse que fue la inspiración tomada por el propagandista para incluir ese poema en el panfleto.

En esos años, los ratos libres los compartía con mi hermano y dos vecinos, William y Walter, nietos de mi padrino. Armábamos partidos de dos contra dos. Todos queríamos ser el Mágico González, pero en noviembre de 1981 éramos Ever Hernández, el que le anotó a México y nos llevó al mundial de España 82.

Un domingo de ese mismo mes estaba barriendo el patio cuando llegó la niña Carmen, esposa de mi padrino, con sus nietos. Los tres lloraban. Le pidió a mi mamá que los cuidara. La noche anterior, escuadrones de la muerte se habían llevado a su hijo de la casa, mientras dormía. Les habían avisado que había aparecido un cuerpo en el puente del río Amayito. Ella iba a buscarlo con mi padrino. Comprendimos entonces los ladridos desesperados de los perros la noche anterior. Desde ese día, los perros del barrio aullaban cada noche. Los nuestros, además, se lanzaban contra las paredes, como si alguien quisiera acercarse. Papá dijo que era “el enemigo”, así le llamaba al demonio. Mamá, asustada, fue a pedir agua bendita a una vecina religiosa y la regó en cada esquina de la casa.

La represión había alcanzado su punto más alto desde el asesinato de Monseñor Romero, apenas cuatro días antes de que naciera una de mis hermanas menores y unos meses antes de que mataran al tío de mis amigos. Los días avanzaban con la pereza de un primero de enero. Las hojas del calendario, colgadas en un clavo que asomaba de la pared, caían lentamente, como unas flores que caían girando suavemente en el aire. Nunca supe cómo se llamaba el árbol del que caían esas pequeñas maravillas, pero solíamos lanzarlas al cielo para contemplar su danza en espiral, como paracaídas que desafiaban la gravedad.

Disfrutaba de la escuela, de las clases y de los recreos. Era mi único esparcimiento, porque en casa dominaban los oficios. Aun así, siempre encontrábamos tiempo para jugar pelota, chibolas o un juego que llamábamos la lleva.

Entre los cuchicheos de los adultos percibía que el peligro rondaba nuestras vidas. Abundaban las noticias de asesinatos. La guerra se filtraba en todo: mi padre sintonizaba las radios guerrilleras, y yo escuchaba con él.

La lectura era mi refugio. No teníamos libros, pero un primo mayor me traía revistas Selecciones del Reader’s Digest, que devoraba en poco tiempo. Los domingos lo visitaba en su cuarto junto al río, y allí leía las revistas dominicales de los principales periódicos, que compraba religiosamente cada semana.

Era un viernes al final de la tarde, y recién regresábamos de clases cuando una tormenta se anunciaba con ráfagas de viento que estremecían el aire. Aquella jornada  de un 26 de junio de 1981 quedó marcada en mi memoria. Como era costumbre, mi papá tomó el radio transistor y, ante la inminencia de la tempestad, se acomodó en la cocina, deslizando la perilla en busca de la señal de Radio Venceremos. Tal vez por la tormenta, aquella tarde la radio parecía resistirse, dificultando la sintonía. Me acerqué, fiel también a esa voz guerrillera que nos llegaba entre estática y silencio. Solo se escuchaban sonidos semejantes a grillos y un silbido agudo, voces fantasmales que parecían brotar de entre la tormenta misma. Por fin, apareció la voz de Santiago, clara e inconfundible, aunque solo por unos segundos, antes de que la señal se pierde nuevamente. Sabíamos que la tormenta no era la única que dificultaba la recepción; el ejército, con su interferencia, buscaba silenciar aquella resistencia sonora. Pero mi papá no claudicaba. Con paciencia y determinación movía la perilla una y otra vez hasta que, finalmente, logró rescatar aquella voz rebelde:

“ Salud, compañeros del Frente Paracentral Anastasio Aquino. Radio Venceremos rompiendo cercos.
Maldigo la poesía concebida como un lujo cultural por los neutrales,
que lavándose las manos se desentienden y evaden.
Maldigo la poesía de quien no toma partido,
partido hasta mancharse.
Radio Venceremos llama a nuestros poetas y compositores, a poetas y compositores del mundo entero a participar en la jornada de canto y poesía a El Salvador que bajo el nombre de Roque Dalton y Jaime Suarez Quemain, poetas del pueblo, Radio venceremos está impulsando…"

Cada vez me quedaba más claro que el poeta que escribió los versos que circulaban en aquella hoja volante no era otro que Roque Dalton. Lo fui descubriendo gracias al ritual de las seis de la tarde: sentarme junto a mi padre en una esquina de la casa, acercándonos lo más posible a un pequeño radio transistor verde que mi madre había adquirido. Aquella radio AM, con su onda corta, nos permitía captar las voces lejanas de las radios guerrilleras: Radio Venceremos, que transmitía desde algún rincón de Morazán, y Farabundo Martí, que se escuchaba desde los territorios controlados en Chalatenango.

Un día de enero, en medio de la conmemoración del aniversario de la ofensiva Hasta el Tope, una canción se coló en el aire, atrapando mi atención. Sus versos quedaron grabados en mi memoria, especialmente dos estrofas que resonaron con fuerza en mi joven corazón.:

“Me permito remitirle al interfecto
por esquinero sospechoso
y con el agravante de ser salvadoreño,
de ribete santaneco, para variar del barrio La Cruz.”
“Los arrimados, los mendigos, los marihuaneros,
guanacos hijos de puta,
eternos indocumentados,
los hacelotodo, los vendelotodo, los comelotodo,
los tristes más tristes del mundo,
mis compatriotas, mis hermanos.”

Al concluir la canción, la voz inconfundible del locutor Santiago anunció que aquella melodía pertenecía al grupo salvadoreño Yolocamba Ita, con la letra tomada del Poema de Amor de Roque Dalton. Fue en ese instante que confirmé haber descifrado las iniciales RD, aunque pronto comprendí que me aguardaba una tarea quizá aún más compleja: encontrar sus libros prohibidos que contenían versos llenos de ternura y rebeldía.

En aquellos días llegó a mis manos el primer libro capaz de volar mi cabeza y ampliar mis horizontes. Cuando los nietos de mi padrino se marcharon a vivir a Estados Unidos, donde los esperaba su madre, Luis, el hermano mayor, me obsequió Luz Negra, de Álvaro Menén Desleal. No era un libro cualquiera, sino una obra de teatro que había trascendido nuestras limitaciones geográficas y culturales. En el prólogo leí que esta pieza había traspasado fronteras, presentándose en teatros emblemáticos de América Latina y Europa, dejando un haz de luz en medio de las carencias económicas y culturales de nuestra sociedad. 

La obra me apasionó desde las primeras líneas. En mi curiosidad infantil, la imagen de dos cabezas hablando en una plaza, después de haber sido decapitadas, me impactó profundamente. Leí toda la pieza de un tirón y, ese mismo año, la releí más de tres veces. El libro tenía una cubierta completamente negra y, en la portada, aparecían esas dos cabezas con expresiones tan convincentes que, según el efecto que provocaron en mi imaginación, debió tratarse de una actuación magistral.

Los personajes de la obra, Goter, un revolucionario, y Moter, un estafador, cuyos diálogos me introdujeron a la crítica social en la literatura, a temas existenciales y al humor negro, abordaban la vida y la muerte de una manera completamente nueva para mi fértil imaginación. En la contraportada, según recuerdo, estaba la foto del autor, ya mayor, portando una boina vasca. Desde entonces quise tener una. Años después, en Pamplona, no pude comprarla porque el dinero no me alcanzaba. Mucho tiempo más tarde, al fin me hice de una y la uso solo para escribir. Es uno de mis pocos fetiches de escritor.

Pasé cuarto grado con premio, aunque con la espina de quedar en segundo lugar. Siempre había un compañero que me superaba, por más que me esforzara. En quinto grado, mi pasión por la literatura seguía creciendo. En cada libreta de notas, mi maestra escribía la misma observación: “Le gusta la lectura”.

Habían pasado tres años desde que aquel poema de Dalton me encontró, y mi obsesión por hallar sus libros no hacía más que aumentar. Ese invierno, mi padre sumó a la economía familiar el cultivo de maíz. El patrón le permitió sembrar en un predio entre la fábrica y la colonia de trabajadores. Yo lo ayudaba a cuidar los sembradíos para espantar a los pájaros. Mi puesto favorito era bajo un frondoso árbol de talpas, sobre una gran pipa abandonada de combustible. Un día, mientras cuidaba la milpa, apareció por un portillo un muchacho mayor que se había hecho amigo mío. Tenía dos años más y, poco después, supe que se había ido a la guerrilla. Llegaba a acompañarme y, esa tarde, me compartió una paleta. Entonces vi algo que me dejó sin aliento: en un apartamento casi siempre cerrado, alguien abrió la puerta y alcancé a ver estantes repletos de libros. ¡Era un paraíso! Nunca había visto tantos juntos.
Cuando papá llegó a relevarme le conté lo que había visto. Me explicó que era el local del sindicato y que allí tenían una biblioteca.
—¿Y a quién le prestan los libros? —pregunté.
—A los trabajadores y a sus hijos.
—¿Y yo podría?
—Tendrías que hablar con don Santos. Él está a cargo.
—¿El esposo de la niña Berta?
—Sí, él mismo.
Sentí alivio: era alguien que conocía, serio, pero de confianza.

El sábado siguiente me dirigí a la entrada de la fábrica para esperar a que saliera Don Santos. Los sábados trabajaban hasta el mediodía. La fábrica estaba flanqueada por tres grandes portones: el primero, situado frente al árbol de talpa bajo el cual me refugiaba del sol mientras cuidaba la milpa; el segundo, que servía de entrada y salida para los trabajadores, se encontraba a la mitad de la fábrica; y el tercer portón, al final, era por donde despachaban las ventas de los cueros terminados. Los olores cambiaban a lo largo del recorrido: al inicio predominaba un aroma fuerte y desagradable a cuero crudo, salado y cebo; hacia la mitad, se mezclaban los olores de los químicos usados para curtir los cueros; y al final, un aroma, a mi parecer, agradable, propio del acabado del cuero. La distribución de los sonidos seguía un patrón similar: al principio se escuchaban montacargas arrastrando tarimas con cueros crudos y el golpe seco de los cueros cayendo en el área de salado; luego, el girar rítmico de los batanes y el constante chorro de agua; y, finalmente, el sonido monótono de las máquinas para planchar el cuero, marcadas por el roce de una enorme y pesada rueda que aplastaba las piezas, aquella misma máquina que había cortado la mano de un obrero.

Llegué al portón principal de la fábrica justo cuando un camión cargado de carnaza estaba saliendo. En el interior, había una elevada pared de fachada donde, en lo alto, se leía en grandes letras el nombre de la empresa: Tenería El Búfalo S.A. de C.V., y debajo, el año de fundación: 1926. Ese número captó mi atención porque lo veía casi todos los días en los rieles de la línea del tren. Me parecía curioso que la fábrica y la línea férrea hubieran nacido en el mismo año. 

Esa cifra resonó en mí durante muchos años. Cuando conocí a Nikola Tesla y su fascinación por la tríada mística —los números 3, 6 y 9— quedé fascinado con sus creencias. Tanto fue así que intenté hallar alguna relación entre los números del año de fundación y la tríada de Tesla, quien decía: “Si supieras la magnificencia de los números 3, 6 y 9, tendrías la llave del universo.” Según numerólogos, la secuencia 3, 6 y 9 no sigue los mismos patrones de duplicación y suma que los demás números. 

Tratando de entender por qué, de niño, sentí que había un misterio oculto en los números del año 1926, comencé a jugar con sus cuatro cifras, desglosándolas. Guardaba la idea de que aquel número me estaba susurrando algún secreto. Al descomponerlo: 1 + 9 + 2 + 6 = 18 → 1 + 8 = 9, descubrí emocionado que el año 1926 se reducía al número 9, justamente uno de los símbolos venerados por Tesla en su tríada mística: 3, 6 y 9. 

Para mi asombro, más adelante supe que precisamente ese año, Tesla hizo varias declaraciones visionarias. En una entrevista con la revista Collier’s, publicada el 30 de enero de 1926, el genio habló con el periodista John B. Kennedy sobre tecnologías que parecían sacadas de la ciencia ficción y que hoy nos resultan cotidianas. Habló de un mundo donde “la tecnología inalámbrica se aplicaría a la perfección, y toda la Tierra se convertiría en un enorme cerebro”. Predijo que “nos comunicaríamos instantáneamente, sin importar la distancia”, y que “a través de la televisión y la telefonía nos veríamos y escucharíamos como si estuviéramos cara a cara”. Incluso anticipó que los instrumentos para lograrlo serían “increíblemente simples, tan pequeños que un hombre podría llevar uno en el bolsillo de su chaleco”. 

Llegué a la conclusión de que 1926 no fue un año cualquiera y que, de alguna manera, mi vida estaba vinculada a él. Sentía que esos números me perseguían y los relacionaba con aquella fecha: 3 de septiembre, día en que tuve en mis manos por primera vez un libro de Roque Dalton, y decidí que algún día sería escritor.

Pensando en los números, estaba frente al portón principal de la fábrica a la hora de salida de los trabajadores. Era día de pago y el lugar se encontraba lleno de vendedores y empleados que ya habían salido, junto con algunos familiares que habían ido a reunirse con sus seres queridos. Había vendedores de paletas, de vigésimos de lotería, de ropa y algún prestamista. Entre un grupo de trabajadores apareció don Mancho, amigo de mi papá y compañero de sección de trabajo de mi tío en la fábrica.

—Hola, Chele Ladino. ¿Qué andas haciendo por aquí? —me saludó.
—Busco a Don Santos. Necesito que me preste un libro, mi papá dice que tienen una biblioteca…
No terminé de explicarle porque don Mancho me tomó del brazo y me dijo que nos fuéramos. Entonces me percaté de que en el ambiente se percibía una gran tensión.

Apenas habíamos dado unos pasos cuando se oyó una detonación cercana, el balazo de un revólver. Ya había aprendido a distinguir los sonidos de distintos calibres: 22, 38, AK-47 y M16, pues mi papá siempre me explicaba qué tipo de disparos escuchábamos. Mis oídos comenzaron a zumbar. Vi a la gente correr y alcanzé a ver a un hombre caer herido. Don Mancho me arrastró a un lado, hacia la orilla de la pared, y luego llevó conmigo, subiendo a pasos rápidos la cuesta, alejándonos lo más deprisa posible de aquel lugar. Cuando eres pequeño no sabes dimensionar muchas cosas, y la muerte es una de ellas. Pero la imagen de un hombre herido cayendo al suelo tenía para mí una extraña y profunda dimensión, a pesar de que desde hacía tiempo me había familiarizado con la muerte en las pláticas con papá, en los funerales a los que lo acompañaba, en las noticias de la radio y en las transmisiones de la radio clandestina. El asesinato del vecino era parte de la realidad; la muerte andaba cerca, pero aquella vez parecía haberse acercado un poco más. Cuando llegamos a los árboles de talpa, encontré a mi papá corriendo; venía pálido.
—¿Dónde te habías metido? —preguntó.
Don Mancho saludó a mi papá y le dijo:
—Mat­aron a Juan Gallina.
En una casa de la colonia de trabajadores se escuchaba el llanto de una muchacha. Don Mancho se despidió y siguió su camino apresuradamente. Regresamos a casa sin hablar durante el trayecto por el cafetal; solo se oía el vuelo de algunos pájaros que abandonaban las ramas de los árboles de pepeto, que servían de sombra a las plantas de café.
Al llegar, mi mamá preguntó qué había sucedido.
—Chus 40 mató a Juan Gallina frente al Búfalo —le contestó mi papá.
Aproveché para preguntarle cómo sabía quién había sido y por qué lo había matado.
—Lo vi bajar detrás de él y sabía que Juan se había desertado de la guerrilla —me dijo.
Mi mamá solo comentó que era muy peligroso que yo estuviera en ese lugar.
—Yo lo dejé cuidando la milpa —dijo mi papá—, pero este se fue al Búfalo, no sé qué andaba haciendo.
No me quedó más remedio que decirle la verdad.

A pesar del miedo de mi mamá, mi papá me mandó de nuevo a cuidar la milpa y, cuando llegó el sábado, aún con el miedo de que mi papá me descubriera desobedeciendo su orden de no bajar al portón principal de la fábrica, volví a esperar al sindicalista. La mayoría de los trabajadores salían apurados rumbo a sus casas; unos en bicicleta, otros a pie y unos pocos en carro. Mi tío Pedro trabajaba como batanero;  salió a almorzar porque se quedaría haciendo horas extras. Me preguntó qué andaba haciendo, tomó la comida que le llevaban mis primos y regresó a su puesto. Le dije que buscaba a Don Santos.
—Ahí viene —me dijo.
—Hola, chele —saludó Don Santos—. ¿Qué andas haciendo?
—Me puede ayudar con un libro que necesito. Mi papá me dijo que ustedes tienen una biblioteca.
—Ahhh, sí. Me contó Mancho que andas buscando un libro.
—Sí, vine la semana pasada, pero…
—Así me dijo Mancho. ¿Y qué libro estás buscando?
Dudé un rato…
—De Roque Dalton…
Me miró extrañado.
— Si, de él, ehhh. Me gusta la poesía… Y me han pedido un trabajo en la escuela.
Pude notar que no me creyó del todo.
—De Roque Dalton… Creo que te puedo prestar un libro de él, pero no lo vayas a andar mostrando a nadie.
—Vamos al local, que ahí tenemos la biblioteca. Así que te gusta leer. ¿Y por qué querés leer a Roque Dalton? No creo que te lo hayan dejado en la escuela.
—Una vez encontré un papel en la calle con un poema de él; me gustó mucho.
—¿En la calle?
—Era…
—Un panfleto —interrumpió—. (Era la primera vez que yo escuchaba esa palabra)—. Es una hoja volante con propaganda. No vayas a andar recogiendo esa propaganda, es muy peligroso si te la encuentran los soldados.
Mientras caminábamos al local del sindicato, me preguntó cómo me iba en la escuela. Me dijo que le habían dicho que era buen estudiante. Cuando llegamos, abrió el local y me invitó a pasar. Vi los estantes llenos de libros y me quedé impactado.
—Aquí tenemos suficientes para que te des gusto leyendo —me dijo.
Me quedé pasmado ante la biblioteca, alucinado de ver en las estanterías tantos libros, obras literarias de escritores que para mí sonaban como gigantes de la palabra. Había sobre todo ejemplares de autores españoles y rusos. Don Santos se adentró entre los estantes y comenzó a buscar en una librera algo escondida. Su voz apenas me llegaba a lo lejos; mis cinco sentidos estaban puestos en los libros. Acariciaba sus cubiertas duras y hojeaba sus delicadas páginas, deteniéndome en frases entresacadas de hermosas cuartillas escritas un siglo atrás.
Revisé un libro de Alexander Pushkin, deteniéndome en unos versos:
“Mejor las ilusiones que nos elevan
que diez mil verdades.”
Después de paladear esos versos como un exquisito manjar, tomé otro libro: La muerte de Iván Ilich, de León Tolstoy. Sin escucharme, Don Santos se acercó por la espalda y me dijo con voz firme:
—Aquí está un libro de Roque Dalton.
Lo tomé maravillado, sin encontrar palabras para agradecerle.

Antes de irme, di un último recorrido por los estantes y vi las obras de autores españoles: Miguel de Unamuno, Gustavo Adolfo Bécquer, Lope de Vega, Ramón del Valle-Inclán. Tenía material suficiente para darme gusto, si tan solo me los prestaran. El sindicalista pareció leer mi pensamiento, pues me dijo:
—Cuando quieras más libros, solo me dices; te llevas unos, los devuelves y te damos otros.
Esta vez me llevé, además del libro de Roque Dalton, las Poesías Completas de Antonio Machado, sobre todo para disimular que era para un trabajo escolar sobre poesía. Me fui a paso apurado a casa, con los libros en brazos como si fueran bebés. Me senté, absorto, a leer aquellos versos que tenían la seducción de las letras prohibidas y el encanto poético de la ironía, la frescura del verso libre, acorde con la rebeldía de sus mensajes. Alcancé un cuaderno y anoté un par de estrofas:
“Yo, como tú,
amo el amor, la vida, el dulce encanto
de las cosas, el paisaje
celeste de los días de enero.”

La melodía de los versos fue embriagando mi imaginación; las palabras me resultaban cercanas, como si la poesía estuviera al alcance de mis manos. No solo para leerla, sino que me inspiraban confianza para escribir. Había leído poemas de Alfredo Espino, Claudia Lars y algunos de José Martí; quizá ya conocía algunos de Gustavo Adolfo Bécquer, que siempre me hacían volar, pero ahora estaba viviendo una auténtica epifanía. Seguía leyendo, maravillado con cada idea y con la sonoridad de las palabras, entrelazadas en versos que danzaban con libertad. No quería detenerme, pero un nuevo poema me obligó a hacer una pausa y anoté esta estrofa:
“Poesía
Perdóname por haberte ayudado a comprender
Que no estás hecha sólo de palabras.”

Estaba tan sumido en los versos que no me di cuenta del tiempo hasta que mi mamá me gritó preguntándome si iba a comer, reclamándome porque llevaba rato hablándole sin responder. La melodía de los versos embriagaba mi imaginación; las palabras me eran cercanas, haciéndome sentir que la poesía estaba al alcance de mi mano. No solo para leerla, sino que me inspiraban confianza para escribir. Había leído poemas de Alfredo Espino, Claudia Lars y algunos de José Martí; quizá ya conocía algunos de Gustavo Adolfo Bécquer, cuyas letras siempre me hacían volar. Pero ahora vivía una auténtica epifanía. Seguía leyendo maravillado por cada idea y con la sonoridad de las palabras abrazadas en versos que danzaban libres. No quería detenerme, pero un nuevo poema me obligó a hacer una pausa y anoté otra estrofa:
“Poesía
Perdóname por haberte ayudado a comprender
Que no estás hecha sólo de palabras.”

Estaba sumido en los versos y el tiempo se había ido sin darme cuenta, hasta que mi mamá me gritó preguntando si no iba a comer y reclamándome porque llevaba rato llamándome sin que yo le contestara.

Tenía 13 años cuando, después de una larga búsqueda, tuve en mis manos un libro de Roque Dalton. Fue un 3 de septiembre de 1984, una fecha que recuerdo muy bien porque guardo un cuadernito donde anoté unos versos suyos y otros de Antonio Machado, junto con la fecha en la parte superior. El libro de Roque era Poemas Clandestinos, publicado originalmente en una edición mimeografiada en 1977 y editado en 1980 por la Editorial Universitaria de la Universidad de El Salvador. Cada día tomaba entre mis manos aquel poemario, encontrando ideas y palabras que me parecían exóticas, referencias a lugares, intelectuales y poetas que desconocía, lo cual encendía la mecha de mi curiosidad intelectual; anotaba palabras para buscar su significado después, pues no tenía diccionario en casa. Poco a poco fui armando retazos sobre la biografía de Roque Dalton y su obra: que había sido guerrillero, que lo habían asesinado hacía algunos años —supe eso después—, aunque aún desconocía que sus propios compañeros lo habían matado y  su cuerpo desaparecido.

Con el tiempo, la poesía de Roque Dalton fue ejerciendo una gran influencia en mi vida y, sobre todo, en mis sueños de ser escritor. A los 19 años dejé de escribir poesía porque consideré que lo que escribía era muy cursi, y porque pensé que, para acercarme a los niveles de mi héroe, primero debía leer mucho más. Creo que mi problema fue haber carecido de una transición; no leí literatura infantil ni juvenil hasta la universidad, cuando hice una regresión en mis lecturas literarias.

Regresé el libro dos semanas después y pregunté si tenían otro ejemplar de él. Don Santos me dijo que no, pero me preguntó si quería algún libro de otro autor. No supe qué responder, no tenía en mente una lista de autores preferidos, simplemente me gustaba la poesía. El sindicalista se alejó un momento y regresó con un libro.

—Este no es de poesía, pero te va a gustar —me dijo, entregándome un hermoso libro grande de pasta dura con el título La Madre—. Te va a gustar. Y te voy a regalar el de Roque; no creo que tenga problemas con los compañeros del sindicato por regalártelo.

El año en que se me abrió el mundo literario gracias a la biblioteca del sindicato fueron las elecciones presidenciales, y sufrimos la agobiante campaña electoral en la radio y los altavoces que pasaban mensajes poco creativos a todo volumen. Mi familia estaba politizada desde que mi papá se vino del campo, había estado organizado en el movimiento campesino. Por eso, la enorme campaña electoral nos tenía hartos; sabíamos que aquello no era democracia, sino una estrategia contrainsurgente apoyada por el gobierno de Estados Unidos, que patrocinaba la represión en El Salvador. Aunque ganó Napoleón Duarte sobre Roberto d’Abuisson, fundador de los Escuadrones de la Muerte, mi papá decía que no serviría para nada porque Duarte había traicionado la lucha del pueblo y se había vendido a los gringos.

La Navidad anterior, la hija de mi padrino me envió unos walkman como regalo, porque yo le escribía las cartas mensuales que mi padrino les enviaba y lo acompañaba a la central telefónica de ANTEL, la empresa estatal de telecomunicaciones en el centro de la ciudad, para que hablara con ella por teléfono.

Se escuchaban retumbos lejanos en la transmisión matutina de la radio guerrillera: el ejército estaba bombardeando Guazapa. Yo había regresado de dar de comer a las vacas, tomé mis walkman y me fui a acostar en una hamaca bajo un árbol de mango. Sintonizé una radio juvenil de la ciudad, Estación H, donde generalmente ponían música en inglés —los éxitos del año, como Tina Turner, Prince, Van Halen y Madonna—. En ese momento sonaba una de las pocas canciones en español que triunfaban: Vamos para la playa ( https://open.spotify.com/track/3iB7lzsBC7PdJLU9k2nttT?si=818d2d2ca1e84d6f).
“La bomba estalló
Las radiaciones tostan
Y matizan de azul
Vamos a la playa, oh, oh, oh, oh.”

El ritmo me alejaba del ambiente de guerra que se vivía, pero la letra hacía un contraste extraño y me devolvía a los sonidos violentos que había escuchado minutos antes.  La siguiente canción que sonó fue “Break My Stride” de Matthew Wilder, (https://open.spotify.com/track/1mCsF9Tw4AkIZOjvZbZZdT?si=5b73a8c9193645af) cuyo ritmo y melodía me provocaban una sensación de alegría, determinación y optimismo, un mensaje que descifraban mis oídos sin entender ni una palabra, de la canción.
 Ahora sé lo que dice la letra y que no andaba extraviado. Esa es la grandeza de la música.
“No hay nada que vaya a detener mi paso
Nadie va a ralentizarme, oh no
Tengo que seguir moviéndome
No hay nada que vaya a detener mi paso
Estoy corriendo
Y no voy a tocar el suelo
Oh no
Tengo que seguir moviéndome.”

Eso escuchaba en el momento que llegó mi mamá, con pasos cortos y apurados, y una expresión en el rostro como si hubiera visto al diablo. Me dijo:
—Dame esos libros que tienes.
—¿Cuáles, mamá?
—Ese negro y el otro. Ya sabes, esos peligrosos.

Mi mamá no sabía leer, pero yo le había hablado de esos libros y le había leído algunas partes; mi papá también le había confirmado que eran peligrosos.
—Vienen cateando. Están en unas casas vecinas.

Entré rápido al dormitorio y puse en un trapo viejo unas revistas Selecciones del Reader’s Digest. Aunque también me dolió, yo mismo las metí al fuego para engañar a mi mamá y que no descubriera que le estaba haciendo trampa. Un buen rato después, a escondidas de mi madre, me fui con los dos libros metidos en una bolsa de plástico y, cerca del estanque, hice un hoyo para enterrarlos. Regresé a la casa a esperar, temeroso ante la amenaza mortal latente. Pasó un largo tiempo antes de que supiéramos que los militares se habían ido sin llegar a nuestra casa, quizá porque vivíamos en una finca y no teníamos casas contiguas; la más cercana era la de mi padrino.

Una semana después, el patio de la casa y la finca fueron usados como campo de entrenamiento por el ejército. Un centenar de soldados con fusiles M16, mochilas y ramas prendidas a la espalda, corrían y disparaban balas de salva. Yo los observaba como cuando, siendo pequeño, organizaba a mis soldaditos de plástico en montículos de tierra. Las botas de un soldado se detuvieron justo en el lugar en que había enterrado los libros. Era un joven soldadito de unos 16 años, parado con un fusil M16 en ambas manos, mirando en todas direcciones, mientras yo lo observaba con el corazón hecho un puño, esperando que no mirara hacia abajo. El soldado estaba rezagado respecto al grupo que había pasado trotando frente a la casa; llevaba una gran mochila y ramas en la espalda. Mi corazón palpitaba fuertemente y empecé a sudar. El soldado se giró y se me quedó mirando un momento, durante el cual sentí que el mundo se venía abajo. A lo lejos se escuchó una ráfaga de salva y otro grupo de soldados pasó corriendo, entonces él se fue.

Después de haber pasado una prueba de fuego, los libros prohibidos quedaron enterrados, a la espera de tiempos mejores para ver la luz de nuevo y para que otros ojos —o los mismos míos— recorrieran los surcos de sus letras. La tristeza me golpeaba con la pérdida de lo que con tanto esfuerzo había logrado conseguir. Para consolarme, me puse a leer La Madre, de Máximo Gorki, y descubrí que también era una obra subversiva, lo que me ayudó a entender por qué el poder temía a esta literatura provocadora. Como dijo uno de sus personajes:
“¡Dame libros! ¡Libros de esos que siembran un eterno desasosiego en los hombres que los leen! ¡Hay que sembrar los cerebros de erizos, de erizos con púas!”.

La novela narra la historia de Pelageya Nilovna, una mujer analfabeta y maltratada por su esposo, que desarrolla una conciencia política y se vuelve una activa combatiente por la justicia social, inspirada en la lucha proletaria de su hijo Pavel contra la opresión del régimen zarista. Su transformación personal se convierte en símbolo de la resistencia y de la esperanza colectiva de un pueblo oprimido. Años después, cuando escuchaba la canción “Te Recuerdo Amanda” de Víctor Jara, siempre evocaba la trama y espíritu de esta novela. Me di cuenta también que esta literatura revolucionaria muchas veces pasaba desapercibida, pues no había una cultura literaria arraigada, y mucho menos entre los militares, quienes ignoraban su existencia.

Llegaron los vientos de octubre y con ellos la clausura del grado; otra vez obtuve el segundo lugar y esta vez el premio no fueron calcetines, sino un par de pañuelos. En las radios guerrilleras y en las emisoras noticiosas nacionales nos dimos cuenta del inicio de los diálogos de paz entre el gobierno y la guerrilla. Se abría una ventana de esperanza para la paz. Seguimos con expectativas el primer encuentro que se llevó a cabo en el municipio de La Palma, en el departamento de Chalatenango, el 15 de octubre de ese mismo año, moderado por el arzobispo de San Salvador, monseñor Arturo Rivera y Damas. La esperanza tuvo que esperar hasta 1992 para concretarse.

Fueron días de escasez material, pero abundantes en sueños y esperanzas; de risas grandes y juegos inocentes. Noches oscuras pero llenas de estrellas, acompañadas por el deseo ardiente de librar todas las batallas necesarias para triunfar. Soñar era mi mejor vitamina para sobrellevar las dificultades diarias. Por más grande que fuera la barrera, nunca perdí la ilusión.

Los vientos de octubre me recordaron que la literatura es algo maravilloso que llena los espíritus atormentados, y por eso soñaba con ser artista. Por eso había enterrado los libros prohibidos, para que algún día volvieran a ver la luz y sus letras iluminaran de nuevo mi lucha por la vida, o la de alguien más. La poesía había llegado a mí volando y, aunque había tenido que enterrarla, sabía que algún día germinaría y cosecharía versos que cantarían a la vida, al amor y a la justicia.








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