Sentado en una banca del parque central, después de leer unas veinte páginas de Las Flores del Mal, vio al teatro, justo cuando los últimos rayos del sol caían sobre su fachada. Miró a un costado. El dibujante había terminado de hacerle un retrato a un cliente, no alcanzó a ver cuanto pero al notar que no habían sido monedas intuyó que había sido un buen pago. Y si pudiera vender poemas, pensó. Tomó su libreta que andaba en su morral y empezó a garabatear unos versos, después de escribir unos catorce endecasílabos, vio de nuevo a su vecino, el dibujante que estaba con otro cliente. Se puso a pensar en sus versos: Si ni los leen gratis, mucho menos los podré vender y que tal si le agrego algo que atraiga a la gente a comprarlos, después de todo, que tendría de mal aplicar una estrategia de mercadeo a mis poemas.
Se levantó, caminó hacia la entrada del cine Tecana. Había funciones de películas mexicanas populares como Los Verduleros con el actor cómico Alfonso Sayas y estrellas como el Caballo Rojas y Alfonso Sayas y Un macho en la cárcel de mujeres con el Caballo Rojas. Compró el periódico de la tarde en un quiosquito que estaba a la entrada del cine, como lo hacía todos los sábados desde que empezó a coleccionar el suplemento cultural y para el cual escribía de vez en cuando.
Ya no volvió a la banca del parque, se fue a casa y después de leer el suplemento y verificar que no habían publicado su poema, tomó de su desvencijada librera un par de libros, buscando los versos mas pegajosos. Primero sacó un librito: Veinte Poemas de Amor y una Canción Desesperada de Neruda, lo hojeó y después de darle una nueva revisada se detuvo a leer “Me gustas cuando callas” ; luego tomó un poemario de Benedetti y se decidió por releer “Ellos y nosotros”. Puso el libro a un lado y garabateó sobre una libreta un par de estrofas. Así estuvo alrededor de horas escribiendo líneas pero sin completar nada.
Esa semana todas las tardes escribía versos románticos que decoraba en tarjetitas. El siguiente sábado se fue al parque y colocó sus postalitas en un mural que colocó a un costado, colocó una libreta sobre un bote de leche Ceteco y sobre su mochila unas tarjetas en blanco. Una nota escrita en cartón sobre su cabeza decía “Se hacen poemas”.
Con tono de burla, el bisutero le dijo: En este país no se vende literatura y menos poesía. Lo vio con la molestia de recibir una dura verdad, pero, pero siempre desde hacía tiempo desafiaba las duras verdades, sin contestar el comentario, se puso a lo suyo. Colocó sobre la suya papeles decorados con hojas y diseños exóticos los versos de amor en letras grandes. A un costado un rótulo: Poemas en venta. A su lado artesanos tenían sus mantas con una variedad de bisutería.
Se sentó a escribir en su libreta y sonrió, tal vez porque la tarde estaba agradable a esa hora o porque los versos que se le acaban de ocurrir le gustaron. La tarde terminó sin novedad aparente, pero en su interior la poesía cohabitaba con sus enormes ganas de VIVIR, vivir en grande, realizando sus sueños, conquistando el mundo.
En el tercer fin de semana de su proyecto de venta de poesía, ya tenía una pequeña colección de poemas ilustrados. La tarde transcurría sin ningún cliente, el sol cargaba su fuerza a un ángulo de cincuenta grados y el calor calaba bajo su ropa, no vendía nada, la desesperanza comenzaba a erosionar su firmeza de raíz campesina, acostumbrado al trabajo duro y a la paciencia para esperar la cosecha. El sol estaba en un ángulo de 30 grados y la brisa refrescaba ahora que la intensidad solar había bajado. Empezó a sentir alivio y dijo que estaría una hora más. Quizá la sensación agradable le ayudó a su cerebro. Se puso a escribir sobre el lado de atrás de una caja de pizza una frase ingeniosa con fuerte dosis de humor mordaz que colgó a un costado. El grupo de personas que paseaban comenzó a ser mayor. La luz de la tarde tenía una tonalidad anaranjada sobre los árboles del parque, las paredes del teatro y la catedral, en eso vio venir un grupo de turistas hacia el parque, los vio por un rato con una leve curiosidad y luego volvió de nuevo a la lectura que había dejado hacía unos minutos. No había terminado la página de libro cuando una voz femenina preguntó en un español con acento extranjero y con mala gramática.
-¿Los poemas escribir tu?
Era un primer sábado de noviembre, la muchacha extranjera, preguntó con su español limitado, si le vendía un poema sobre la revolución salvadoreña…
-No tengo, no hay revolución salvadoreña y mi imaginación ha estado en otra parte. Pero hay un café librería en la que puede encontrar unos libros de escritores salvadoreños.
- Quiero algo tuyo.
-Esto lo escribo para vender. Peo si quieres te puedo mostrar otras cosas que he escrito.
–Si, muéstrame.
Sacó de su mochila un par de libretas y buscó entre sus páginas hasta que encontró algo que pensó que le podría gustar, le pasó la libreta indicándole la página.
Al terminar de leer el poema, le preguntó si no ha publicado nada aún. Le enseño el periódico de la tarde.
-Solo algunos en el periódico
Le compró varios poemas y al despedirse le preguntó por un bar que le podría recomendar.
Si te gusta el reggae te puedo recomendar uno, tiene buen ambiente y las boquitas son ricas.
-¿Boquitas…?
-Jajajaja, perdón, así le decimos acá. Los bocadillos para acompañar la bebida.
-ahh entiendo.
–Le voy a dar la dirección– Se puso a escribir la dirección en una hoja que arrancó de su libreta y se la dio.–Para llegar lo mejor sería que tomen un taxi porque está en las afueras de la ciudad, en la salida hacia Chalchuapa.
–Te gustaría acompañarnos. Ellos son mis amigos. –Le presentó a un muchacho y una muchacha.
Mucho gusto.
¿Puedes acompañarnos?
Claro, me encantaría. Podríamos seguir hablando de poesía… y de música. Entonces mejor nos reunimos acá como a las ocho?
–¿Como a las ocho?
–Si a las ocho de la noche
-Ok, te esperamos acá.
Era un primer sábado de noviembre, la muchacha extranjera, preguntó con su español limitado, si le vendía un poema sobre la revolución salvadoreña…
-No tengo, no hay revolución salvadoreña y mi imaginación ha estado en otra parte. Pero hay un café librería en la que puede encontrar unos libros de escritores salvadoreños.
- Quiero algo tuyo.
-Esto lo escribo para vender. Peo si quieres te puedo mostrar otras cosas que he escrito.
–Si, muéstrame.
Sacó de su mochila un par de libretas y buscó entre sus páginas hasta que encontró algo que pensó que le podría gustar, le pasó la libreta indicándole la página.
Al terminar de leer el poema, le preguntó si no ha publicado nada aún. Le enseño el periódico de la tarde.
-Solo algunos en el periódico
Le compró varios poemas y al despedirse le preguntó por un bar que le podría recomendar.
Si te gusta el reggae te puedo recomendar uno, tiene buen ambiente y las boquitas son ricas.
-¿Boquitas…?
-Jajajaja, perdón, así le decimos acá. Los bocadillos para acompañar la bebida.
-ahh entiendo.
–Le voy a dar la dirección– Se puso a escribir la dirección en una hoja que arrancó de su libreta y se la dio.–Para llegar lo mejor sería que tomen un taxi porque está en las afueras de la ciudad, en la salida hacia Chalchuapa.
–Te gustaría acompañarnos. Ellos son mis amigos. –Le presentó a un muchacho y una muchacha.
Mucho gusto.
¿Puedes acompañarnos?
Claro, me encantaría. Podríamos seguir hablando de poesía… y de música. Entonces mejor nos reunimos acá como a las ocho?
–¿Como a las ocho?
–Si a las ocho de la noche
-Ok, te esperamos acá.
Solo estuvo un rato más en el parque, recogió sus poemas y se fue caminando hacia su casa cuando la noche se empezaba a poner, emocionado con los resultados de la estrategia de mercadeo para su poesía.



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