Revelación en el altar maya



Escena de novela La Danza del Solsticio.

        Empezaban a aparecer los primeros rayos del sol cuando llegaron a la cima del cerro. En un pequeño claro del bosque, los primeros en llegar ya habían limpiado la hojarasca y formado un tapete con hojas de pino. Después de colocar todos los materiales ceremoniales, prepararon el altar: con azúcar formaron un círculo y, en medio, la cruz maya —un cuadrado central del cual se extienden cuatro brazos iguales, formando una cruz de brazos iguales— que representa la Tierra y las cuatro esquinas del universo. En su significado espiritual más profundo, simboliza el árbol sagrado de la vida, que conecta los tres planos: el inframundo, el plano terrenal y el plano celestial.

Después colocaron velas en los cuatro puntos cardinales, cada una de un color diferente: blanca, roja, negra y amarilla. En el centro dispusieron puros, rajas de ocote, velas delgadas de diversos colores, estoraque y chocolate. Los chamanes encendieron las cuatro velas y luego pusieron fuego al centro, donde habían colocado un rollo de velas y astillas de ocote. La llama fue creciendo con potencia. En ese momento comenzaron a ofrendar incienso, cuyo aroma subía hasta las copas de los árboles, cúpulas verdes que se abrían hacia los cielos.

Abajo, los participantes de la ceremonia milenaria se imbuían en una atmósfera cargada de símbolos sagrados, colores intensos y el olor de los dioses. Incluso Martín y Felipe, con más experiencia en rituales mayas, quedaron sobrecogidos por la vivencia mística. Una energía impresionante recorrió cada nervio del cuerpo de Sochi, y pensó que, ahora sí, estaba redescubriendo su espiritualidad.

La brisa fresca de la montaña, el incienso, el fuego y el fervor de quienes participaban encendieron en ella una llama interior. Sentía que conectaba con sus raíces, su lengua, su historia, la lucha de sus antepasados. Observó a sus compañeros alrededor del fuego y a las llamaradas que danzaban hacia los cuatro puntos cardinales y luego se levantaban con fuerza en el centro. Una sensación extraña pero agradable invadía sus sentidos, veía el entorno de otra manera, con una potente claridad. Los cipreses alrededor eran testigos imponentes de aquella ofrenda a los ancestros en esa montaña sagrada y en sus ramas los pájaros cantaban alegres.

La invocación de los 20 nahuales se hizo primero en quiché; luego, otro ajq’ij explicaba en español para los invitados. Cuando terminaron, el tata Felipe se dirigió al grupo:
—Hoy estamos dando paso a un nuevo año en el calendario sagrado maya…
Al final de la ceremonia, apartaron a algunos jóvenes. Los sentaron alrededor de una manta de colores. En el centro había frijoles de distintos tonos. Frente a ellos, un anciano con un pañuelo rojo en la cabeza y un bastón de madera.
—Hay algo que te preocupa —le dijo mirando a Sochi.
—No —respondió ella, tímidamente.
—¿Segura? Aparece en el Cité y en tus ojos.
—Es que quiero estudiar en la universidad, y también quiero seguir siendo parte de esto.
—No te preocupes. Sigue tu camino. Vas a ir a la universidad, y pronto se te va a revelar tu misión. Encontrarás la puerta a un nuevo mundo.
El abuelo le dio un collar con un colgante de jade.
El signo No’j, que te engendró, te da el conocimiento, la inteligencia, la sabiduría.

—Usalo. En él está grabado el gran abuelo Kan. Tenés una gran misión: romper ciclos de dolor en tu familia y en tu comunidad. Las personas que tienen tu nawal son sabias, fuertes ante la adversidad, con dones de liderazgo. El signo No’j, que te engendró, te da el conocimiento, la inteligencia, la sabiduría. Kawok, que rige tu hemisferio derecho, te da una vida familiar profunda y rica. Pero también puede generar dependencia. Tenés que soltarte un poco de tu familia para que puedas volar y dar a los demás lo que aprendas desde tu propio camino.

Sochi regresó con los demás con una sensación confusa. Sentía en el pecho el orgullo por la confianza que los tatas principales habían puesto en ella, y también el temor ante lo que se imaginaba como un gran desafío, una enorme responsabilidad. Sobre todo, le inquietaba eso de alejarse un poco de la familia. "¿Fue así como lo dijo? ¿Tendría que alejarme de mi mamá?", pensó. Empezó a bajar de la montaña junto al grupo, con el aroma a incienso impregnado en sus ropas y la imagen del fuego sagrado impresa en su mente.




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