ORA PRO NOBIS


Marcela encendió la velita sobre el pastel. Al otro lado de la mesa, Henri con la niña en su brazo derecho observó la llama levantarse, unos segundos después una leve ráfaga de viento  entró por la ventana y casi la apaga. A su lado estaban cuatro niños que no pasaban de los siete años, quienes cantaron el cumpleaños feliz haciendo palmas. Al terminar hubo un instante de silencio hasta que la mamá de la niña dijo: "vamos, Henri, convencé a la bebé que la apague". Él reaccionó como despertando de un mal sueño y le dijo a su hija "soplemos la candela, Sofi", la acercó al pastel y juntos la soplaron hasta apagarla.

 

En el pequeño patio de la casa estaba guindada la piñata. Aunque la bebé aún no tenía la edad para romperla con un palo, Henri le había comprado una pequeña para que los primos se divirtieran, mientras ella disfrutaba su biberón. Los niños se disponían a darle garrotazos y caerle a los dulces, al tiempo que  Marcela se dirigía al enorme equipo de sonido para poner música infantil. Sus ojos buscaban constantemente los de su esposo; la mirada lejana de él le espantaba la sonrisa.

 

Henri no pudo apartar de su recuerdo la imagen del niño agonizando ni aquellas palabras que clamaban: papá, no quiero morir.

Desde que vio la llama de la diminuta vela encendida sobre el pastel, Henri no pudo apartar de su recuerdo la imagen del niño agonizando ni aquellas palabras que clamaban: papá, no quiero morir. Había acallado su conciencia hacía mucho tiempo y ahora su voz había vuelto. Desde que nació su niña, algo se había dislocado en su interior; una fractura silenciosa que no sabía si habitaba en su cerebro o en su corazón.

 

Al terminar la fiesta y quedar los tres solos, Marcela le preguntó qué le pasaba. "¿Por qué decís eso, Marce?", le respondió. "Parecía que  el cumpleaños de la niña no te alegraba", le reprochó ella con una mueca de amargura levemente dibujada en su rostro. "La neta, estoy por dejar la pandilla…". Las palabras se le escaparon en ráfaga pero a la mitad paró en seco y dejó incompleta la respuesta. "Al fin…tanto que te he venido diciendo que lo hicieras". "Qué, ¿ya no te alegra?", le gritó él y se tocó la pulsera en su muñeca izquierda. "Vos mismo me dijiste que era imposible, que nos matarían a todos". Henri se paró frente a la ventana y después de un rato dijo: "Voy a pedirle una mirin a los mandamases de la ranfla para que me den el pase". Tocaron a la puerta. Era el posta con un mensaje: viene la jura y no va de paso, andan tras algo. Henri fue a la cuna a ver su niña dormida y salió de la casa a pasos apurados. A unos cincuenta metros estaba el callejón de la colonia La Realidad, se adentró para perderse en la zona donde los homis lo protegerían.

 

Amparo del Carmen le daba con el pie derecho al pedal de su máquina de coser y sus manos

temblorosas  movían la tela en una danza de la muerte con la aguja al ritmo que ella le marcaba. Los años ya le pesan, tendría ya varios doctorados dándole a la máquina, tanto por el tiempo como por su maestría cosiendo la ropa. Antes tenía más clientes, hoy la ropa la compran en los almacenes o en los USAdos y apenas iba sacando para sobrevivir en un oficio en el que  se jubilaría, si no fuera porque no faltaba mucho para que hasta el último cliente la despida. Escuchó tocar a la puerta, eran golpes apurados. Al abrir vio a Marcela chineando a la niña con la cara pálida y los ojos vidriosos. Al cerrar se oyeron unos disparos. "¿Qué pasa?", preguntó, tomando a su nieta, que despertó en ese momento queriendo llorar. "Son los policías y los soldados que andan tras los bichos". "No me digas que Henri está en eso". "Se fue. No quiere que lo metan preso otra vez, y más ahora que ya se decidió a dejar la pandilla". "Al fin Dios escuchó mis oraciones, tanto tiempo que le he venido pidiendo a la Virgen, que lo sacara de esta vida", dijo la abuela, mientras consolaba a su nietecita meciéndola en sus brazos.

 

Hoy ya la cagué, se dijo, buscando en segundos una última oportunidad y tocó por instinto su camándula con la imagen de la Virgen de Guadalupe, que usaba de pulsera, cuando sonaron dos disparos...

El aviso del posta no estaba equivocado, vinieron por él, pensó Henri mientras aceleraba a más no poder la carrera. Atrás de los policías venían los soldados. Se oyeron los disparos cerca, seguro fue a la entrada de La Realidad. Se dieron verga con el primer punto. Tenían que pasar el puente todavía, eso le daba tiempo. Pero esos soldaditos hijos de puta sí que corren. Los alcanzó a ver, el enfrentamiento con los del puente fue breve y en unos minutos oyó silbar las balas cerca de su cabeza. Se cayó. Cuando se levantó los soldados lo tenían en punto de mira. Hoy ya la cagué, se dijo,  buscando en segundos una última oportunidad y tocó por instinto su camándula con la imagen de la Virgen de Guadalupe, que usaba de pulsera, cuando sonaron dos disparos, en segundos pensó que le habían disparado, pero al instante vio desplomarse al soldado que le tenía en la mira. Corrió hacia el cerco con alambre de púas, se tiró al suelo rodando para pasarlo y luego bajó a una hondonada, perdiéndose en unos arbustos para luego subir  al cerro por la parte menos pelona para que no lo divisaran. Se escapó por los cerros y fue a parar a la colonia Río Zarco, donde la clika de ahí dio protección. Quince minutos después llegó Starchip y se reunió con él en el patio de la casa "Maje, si que volaste, no te pude alcanzar. Cuetiaron al Frutsy y alcancé a ver que se llevaron jalados tres morrillos.  El visco fue el que te salvó la vida". Henri frunció las cejas y apretó los labios, dejó pasar unos treinta segundos le preguntó por qué no se habían enterado del operativo. "Esos cuilios son nuevos. No avisaron", le contestó Starchip bajando la mirada. "Hay que calmarse un tiempo en el barrio porque seguro movieron a los anteriores, hay que transmitir eso a los homeboys". Salieron del cuarto donde se habían reunido y fueron a la sala donde estaban tres muchachos que no pasaban los 18 años, vestían calzonetas y camisetas y en sus brazos y cuellos cubiertos de tatuajes. 

 

Había pasado un mes exactamente desde el cumpleaños de su hija y desde entonces no había visto a su mujer y a su niña. Ahora había regresado a tomar el control del barrio. Organizó un encuentro  con Marcela en una casa de seguridad que tenían en la colonia vecina, a un costado del Beneficio de Café, con acceso por el callejón de  La Realidad. Era una casa de ladrillo de bloque sin pintar con puerta de hierro y defensa, al fondo un pequeño patio y después del tapial una finca. Un viejo reloj de pared daba las 10 de la mañana cuando le dijo a Starchip que fuera por Marcela. Al abrir y ver que solo venía ella preguntó por la niña. Marcela entró sola y al cerrar la puerta lo abrazó.

 "La niña está bien, está dormida, pero tiene un poco de gripe. No la quise traer porque no sabía hasta donde estabas y así como está no quiero sacrificarla. No te preocupes, tu mamá la está cuidando". Henri la besó y le dijo que las extrañaba, luego le preguntó por su mamá.

" Creo que está preocupada y ansiosa porque desde que supo de la decisión de que vas a salirte de la movida solo pasa dándole a la máquina y rezando".

"Antes no me quería ni dejar entrar a la casa y ahora crees que está preocupada por mi". Se quejó Henri mientras veía a su mujer fijamente.

"No seas así. Ella, siempre ha rezado por vos pero ahora tiene la esperanza que ahora si te vas a alejar del peligro y me dijo que tiene miedo que no te dejen salir. Hablando de eso, ¿ya te dieron el pase?".

"Les mandé un mensaje a los mandamases de la ranfla diciéndoles que me quiero calmar por mi hija, pero todavía no tengo respuesta".

Marcela se fue a sentar a un sillón. Abrió su cartera y sacó su teléfono. "Viste la noticia de que cuetiaron al Enano", le dijo mostrándole la pantalla de su móvil. "¿No crees que si no te han contestado es porque no quieren que te salgas?. Te pueden dar en la nuca como al Enano", le cuestionó subiendo el tono de su voz.

"Al Enano lo mataron los del otro barrio. Se han soltado contra nosotros, tenemos que pararles el carro. En cuanto a mi barrio, los homis  me respetan, pero si los mandamases dan la orden, me pueden torcer, por eso voy a esperar un tiempo a ver que dicen", le dijo y vio su muñeca izquierda, concentrándose como haciendo una oración.

"Y Si te dicen que no?".

"Entonces tendré que ver lo que hago, pero me voy a salir de cualquier manera". Dijo Henri mientras se sentaba en el sillón a la par de Marcela. Ella le preguntó cuándo regresaría a la casa y él le dijo que calculaba que en una semana, solo quería asegurar que todo estuviera tranquilo. Después vio su reloj  y le dijo que se quedara a almorzar, que pediría  unas pizzas.

"Hasta aquí no entran los deliverys. No te acordás. Ustedes no los dejan entrar. Les da miedo", le dijo ella riendo.

"Esos cerotes no quieren pagar la renta. Le voy a decir al Starchip que mande a un morro a traerlas". Ella le vio y después de un suspiro se puso la cartera al hombro y le dijo que se iría ya porque puede que la niña despierte luego y se ponga a llorar, la abuela no puede sola con ella.

Henri no la detuvo. Se quedó viendo sus pasos encaminarse a la puerta y de repente se levantó de un salto y con pasos apurados la alcanzó y la abrazó por detrás, la giró y la besó por varios segundos apretándola contra su cuerpo.

 

Después de cerrar el óvalo se vio fijamente ante el espejo y como si platicara con el otro que estaba frente a él le decía: "Tenés 22 años y desde hace seis sos el boss del barrio, que más querés..."

Después de despedirse, se fue a la esquina de la sala donde está el equipo de sonido, tomó una torre de CDs y se puso a revisarlos hasta que tomó uno de 2Pac, lo insertó en el equipo y le dio play, antes de volver a sentarse en el sillón. La música le recordó su etapa de adolescente. Unos versos de una rola que estaba de moda en ese tiempo le disparó los recuerdos. "I was a fool with the big boys, breakin' all the rules".  Se levantó, se quitó la camiseta y fue al baño, al salir se vio de cuerpo entero frente al espejo de un metro de alto  que estaba en la pared sin pintar a un lado de la puerta. Los tatuajes cubrían el pecho y el hombro izquierdo, en la muñeca izquierda la pulsera, era una camándula pequeña con un óvalo que tenía la virgen de Guadalupe. Levantó el puño y abrió el óvalo y ahí estaba incrustada la foto de su hija. A diferencia de los grandes collares que usaban las abuelas en los rezos del rosario, era pequeña y se la ponía como pulsera de puño, la usaba en el izquierdo y en el derecho un reloj digital. Después de cerrar el óvalo se vio fijamente ante el espejo y como si platicara con el otro que estaba frente a él le decía: "Tenés 22 años y desde hace seis sos el boss del barrio, que más querés. Ahora los homeboys te respetan y los otros te tienen miedo". Viéndose en lo que se había convertido, sintió orgullo, y tuvo miedo de dejar la pandilla, no por el peligro sino de perder los privilegios en el barrio. En ese momento silbaron frente a la casa. Abrió un poco los vidrios de la ventana y vio que eran los homeboys. Le entregaron un paquete, era el dinero recolectado de la renta. Fue inevitable pensar que ese poder que le daba ser el palabrero de la de la zona lo perdería al dejar la pandilla, además de otros  privilegios y tendría que buscar trabajo. El reloj en la pared tenía las 12 del medio día, ya habían pasado dos horas desde que esperaba que viniera el mensajero con la confirmación del pase. Llamó a Starchip y le dijo que mandara a un morro a traer unas pizzas.

 

Estaba terminando de almorzar cuando sonó el telefonito, el que ocupaba para sus operaciones ilegales. "El lic tiene la respuesta, reunite con él. Te va a esperar mañana en su oficina a las nueve de la mañana", le dijo una voz ronca en la llamada. Al día siguiente, Henri llegó puntual a la oficina del abogado ubicada en una casa antigua del centro de la ciudad.  Después de decirle a la secretaria que estaba ahí para una reunión con el licenciado, se sentó en un sillón viejo frente a una mesa de vidrio sobre la cual había un par de revistas de negocios. Frente a él estaban dos escritorios con computadoras, al fondo una impresora de las grandes, a su lado izquierdo una puerta, seguramente la oficina del licenciado. Vio la hora en su reloj, habían pasado cinco minutos, se puso a ver su teléfono cuando entró el licenciado. Saludó y después de agarrar los documentos que le pasó la secretaria, abrió la puerta de su oficina le dijo: "Vení, entrá". Después de señalarle una silla le preguntó si quería algo de tomar. "Así estoy bien, gracias", respondió Henri secamente y se quedó viendo un par de fotos enmarcadas colocadas en un mueble a espaldas del "lic", en una estaba con una mujer y un niño y una niña, en la otra aparecía junto a un funcionario del gobierno. El abogado decidió ir directo al grano. "Te traigo un mensaje de los amigos". Le dio un papelito y vio como lo desdoblaba. Estudió su lenguaje corporal, pero  no percibió señales de nerviosismo ni de ansiedad, eso no le sorprendía después de tanto tiempo de tratar con tipos curtidos en la criminalidad, sin embargo pudo notar la ansiedad en la mirada penetrante  al momento de leer el papel. Henri contuvo la respiración y trató de esconder su desilusión al leer la respuesta de los jefes: La línea es que te quedés, hay que fortalecer los programas nuevos primero. Henri dobló de nuevo el papel y se lo guardó en el bolsillo derecho de su blue jean, en el mismo movimiento tocó la camándula como adecuándola mejor en su muñeca izquierda y se despidió del abogado.

 

Corrió unos pasos hacia un poste del alumbrado público, dejó caer las compras al momento que empezaron a sonar los disparos...

Al salir de la oficina, caminó hacia el Parque Central y entró al supermercado de la esquina.   Después se encaminó por la avenida independencia y después de unas cuadras cruzó a la izquierda para luego caminar por la Sexta Avenida Norte y entró por la colonia San Marcos para llegar frente al Beneficio Tres Puertas y tomar la ruta de lo que fue la línea del ferrocarril. Tenía 22 años y un cuerpo que lo hacía parecer  de menos edad, caminaba como un felino al acecho y balanceando, dando a su cuerpo una impresión más  amenazante. Llevaba un bote de leche en polvo y unos gerbers, que compró después de salir de la reunión con el abogado. No había llegado al beneficio cuando vio aparecer en una esquina unos rostros tatuados con números. Corrió unos pasos hacia un poste del alumbrado público, dejó caer las compras al momento que empezaron a sonar los disparos. No podía ver cuántos eran. Vio correr a uno a otra esquina en un intento de acorralarlo. Se llevó la mano derecha atrás, en la cintura, entre la camisa y su espalda  baja, sacó un revólver y disparó al que iba corriendo antes que lo cubriera la pared. Pensó que le alcanzó a dar pero no estaba seguro. El otro le disparaba desde la otra esquina. Calculó que no podría permanecer mucho tiempo en la misma posición sin que le hirieran si le disparaban los dos. Se escuchó el sonido de una patrulla y cesaron los disparos. Aprovechó para correr a refugiarse en un carro que estaba unos cinco metros adelante. Después corrió de nuevo antes que llegara la policía.

 

Llegó a la casa de su mamá con las cosas para su niña, al entregárselas a su mujer, esta le preguntó por qué venían quebrados los gerbers, a lo que él le respondió que se habían caído. Se sentó frente al televisor y puso un canal en el que transmitían  un partido de fútbol de la liga española. Cuando estaba la pausa del medio tiempo del partido, Marcela se acercó y le preguntó por la respuesta que le habían dado. Henri apagó el televisor, la miró directamente y sin más le dijo: No quieren. Un estrepitoso silencio reinó en la habitación mientras el diálogo de miradas entre Henri y Marcela se centraba en la pregunta: ¿y ahora qué? La voz a través de un megáfono pregonando la compra de chatarra rompió el silencio y dio el impulso a Henri para decirle a su mujer. "Nos vamos a ir de aquí. Luego te explico". La niña se sumó al coro de ruidos junto a la anunciadora y las campanadas del camión de la basura. Marcela salió a ver la niña. La mamá de Henri entró y le preguntó si todo estaba bien. Sí, mamá, le dijo. Ella se retiró despacio, sin creerle, a su cuarto.  Henri acariciaba su pulsera pesando, como si rezara un rosario iba tocando una a una las cuentas de la camándula. Después de un rato tomó uno de sus celulares, el frijolito le llamaba por pequeño.  Escribió un mensaje de texto, al terminarlo se levantó y salió a la calle, alcanzó a oír la voz de la mujer preguntándole, a dónde vas, pero ya no le respondió.

 

La tensión en su cuerpo le sorprendió, creía que estaba tranquilo, pero  mientras abría la puerta sintió la presión en los dientes al apretar las mandíbulas. Había estado en muchas situaciones más peligrosas y se acaba de dar cuenta que esta nueva situación lo tenía más tenso.  Starchip llegó unos minutos después a la casa destroyer. Después del saludo le preguntó por los demás. Henri le dijo que le había convocado a él primero para decirle que lo dejaría al mando mientras él se retiraba un tiempo.

"Mirá men y por qué no mejor dejas al Visco a cargo"

"No maje, es que confío más en vos, brother"

"Puta men, no creas que soy mal agradecido a mi eso que me decís lo aprecio". Se golpeó el lado izquierdo con el puño derecho del lado del pulgar y el índice.  "Pero vaaa, yo creo que también podés confiar en él, pues te salvó la vida".

"Lo que quiero decir es que creo que vos podrías dirigir a los homeboys"

"No sé."

"Cuántos años tenés"

"Diecinueve".

"Yo tenía 16 años cuando me hicieron jefe. No te aculerés."

"No es eso, la mera neta es que no quiero que haya pedo entre nosotros."

"Y ¿crees que con el Visco no va haber pedo?"

"Creo que no".

Henri se dio la vuelta y se fue ante el espejo, se acomodó el pelo y la pulsera, luego se fue a sentar a uno de los sillones de la sala y sacó de uno de los bolsillos el "frijolito" y se puso a escribir mensajes de texto.

 

Todos quedaron en silencio viendo a Henri y al Visco. Este se le quedó viendo, sus ojos, bajo los cuales habían tatuadas unas gotas, tenían una mirada penetrante, estaban entrecerrados y apenas parpadeaban...

Los homeboys comenzaron a llegar uno por uno y los fue saludando con el choque de palmas y la señal con los dedos índice y meñique de la mano derecha. Cuando llegaron todos les dijo  que se retiraría por un tiempo, que tenía una misión. Que dejaría a cargo al Visco. Todos quedaron en silencio viendo a Henri y al Visco. Este se le quedó viendo, sus ojos, bajo los cuales habían tatuadas unas gotas, tenían una mirada penetrante, estaban entrecerrados y apenas parpadeaban. 

Henri, al notar el desconcierto, le dijo al Visco que si no estaba de acuerdo podría pensar en alguien más. "Yo sí acepto, pero si tenemos el aval de la ranfla", sus palabras resonaron en medio del silencio y su mirada mantuvo la misma expresión.

"Si, ya tengo su bendición para hacer este cambio. Además es por un tiempo", dijo Henri, saliendo al paso de la situación.

"¿Qué vas a hacer", preguntó alguien más.

"Tengo que arreglar unas cosas, tengo que dar una vuelta con mi hija, para que la vea un curandero en Guatemala, al que le tiene fe mi mamá. Me voy a quedar unas semanas allá".

"¿Cuándo te vas?" le preguntó Starchip.

Creo que el fin de semana, todavía tengo que ordenar un par de cosas.  Ahora celebremos con un almuerzo. Ya mandé traer hamburguesas para todos".

El ambiente se distendió cuando llegó la comida. Las bromas que se hacían unos a otros provocaban carcajadas. El Tribi, el que parecía el mayor de todos, alto, delgado y con una sonrisa torcida, dijo que lo que pasaba era que Marcela había obligado a Henri a ir con ella donde un brujo para hacerle un trabajito y dejarlo jugado. Todos celebraron la ocurrencia.

 

Esa noche, al entrar a lo que fuera su cuarto lo primero que vio fue la batería. Se despedía por segunda vez de la casa de su infancia. La primera su mamá lo echó por andar en el crimen, ahora se iba para dejarlo. El olor a pulpa de café que llegaba en oleadas arrastrado por el viento le trajo recuerdos de su infancia. Ahora era más raro, las cosechas de café son escasas y es poco lo que procesan en el beneficio. Marcela regresó de dormir a la niña. ¿Ahora sí me vas a decir lo que vas a hacer?

Lo que vamos a hacer. Nos iremos mañana temprano a vivir a Guatemala. Ya está listo el viaje, Starchip consiguió un vehículo y nos va a ir a dejar a la frontera de San Cristóbal.

¿Y cómo vamos a hacer para vivir allá?.

Me voy a quedar  con todo el dinero de la renta de este mes y vamos a poner un negocio en Guatemala de venta de ropa. Se vino una gran tormenta que azotaba el techo de lámina sin piedad. Parecía que las nubes tocaban la batería en el techo con una furia descomunal. Ya apenas podían escuchar sus voces así que, rendidos por el ruido y el cansancio, se fueron a descansar.

 

A la mañana siguiente el carro llegó puntual para llevarlos a la frontera. Henri fue a abrazar a su mamá que estaba en la puerta de su cuarto, después tomó una mochila y se la puso en el hombro izquierdo y levantó una maleta con la derecha. Salió a la calle, el día empezaba a aclarar. Mientras caminaba hacia el carro tarareaba como una plegaria los versos en español de la canción de 2Pac:

"Miro hacia mi futuro

porque mi pasado

ya quedó atrás".

Le cayó un disparo, pero alcanzó a disparar antes de recibir un segundo disparo y caer al suelo. Cayó sangrando frente a su hija y a su mujer que en lugar de entrar a la casa había corrido a socorrerle...

Cuando abrió la puerta vio que era el Visco el que estaba al volante. Soltó la maleta.  Giró hacia su derecha  y retrocedió un par de pasos para  apartarse de la puerta delantera y cubrirse, mientras  gritaba a su mujer, que en ese momento salía a la calle, para que regresara adentro de la casa. En ese momento el visco tomó la pistola del portavasos del vehículo, Henri también sacó su pistola, la empuñó con las dos manos, en la muñeca izquierda la camándula y en la derecha  el reloj. Le cayó un disparo, pero alcanzó a disparar antes de recibir un segundo disparo y caer al suelo. Cayó sangrando frente a su hija y a su mujer que en lugar de entrar a la casa había corrido a socorrerle. Su mujer, llorando a gritos pedía ayuda. Se agachó con la niña en brazos y le dijo no te mueras, aguanta, voy a ir a pedir ayuda. Los labios de Henri se abrieron y dijo balbuceando: Florcita, hija, no quiero morir. Marcela salió corriendo hacia dentro de la casa y le dijo a su suegra que le tuviera la niña, tenía que pedir una ambulancia porque habían baleado a Henri. Apenas soltó la niña, sacó su teléfono, buscó un número que tenía anotado y marcó. Al terminar la llamada salió corriendo de nuevo a la calle, donde Henri estaba tendido.

 

Tantas veces había pensado que su hijo había recibido los disparos que oía, tantas veces había  pensado en su hijo herido o muerto. Tantas veces había rezado para que su hijo se saliera de la pandilla. Ahora que Henri, por fin,  se retiraría de la delincuencia, le tendría que escuchar y salvarlo de la muerte para que pudiera ver crecer a su hija. Con su nieta en un brazo fue a tomar la camándula que colgaba cerca de su cama, ahí se sentó a rezar el rosario.

Estrella de la mañana,

Ruega por nosotros.

Salud de los enfermos,

Ruega por nosotros.

Consuelo de los afligidos,

Ruega por nosotros.

Madre de misericordia; en la vida y en la muerte ampáranos, gran Señora.

Su voz ya no se escuchó, pero su mente  respondió: Ruega por nosotros.

 

Afuera, las luces de la ambulancia irrumpieron en la oscuridad de la calle. Marcela se persignó y se dijo: "Hay que tener fe, se va a salvar". El sol empezaba a salir al momento que los socorristas levantaron los cuerpos y la ambulancia partió a toda velocidad.





















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